Por: Juan Gabriel Vásquez

Hitler, el 'best seller'

EL OTRO DÍA VI QUE MARINE LE Pen, hija de Jean-Marie, subía en las encuestas de esta Francia en crisis.

No tiene nada de particular, porque en las crisis pasan estas cosas, pensé, y luego seguí leyendo “Mein Kampf”: historia de un libro. El autor, Antoine Vitkine, fue o es responsable de un documental que vi por la televisión francesa hace unos tres años, y ahora ha convertido aquella investigación formidable y perturbadora en un libro formidable sobre el más perturbador de los libros: Mein Kampf, alias el best seller hitleriano, alias la biblia nazi, alias la conspiración a plena luz del día.

Mein Kampf como conspiración a plena luz del día, pues ahí está todo, ahí se anuncia todo: los afanes expansionistas (“el sacrificio de nuestros hijos” para dar a los alemanes “el territorio que les corresponde en este mundo”) y sobre todo el antisemitismo, el resentimiento banal y por lo tanto terrible que Hitler siente contra una raza entera. Mein Kampf como biblia nazi, el apelativo que le lanzaron los críticos de Hitler cuando el libro acababa de publicarse y que el partido acabó por hacer suyo, el apelativo que convirtió este detallado programa de violencia y racismo en lectura obligatoria para todos los “buenos alemanes”. Mein Kampf como best seller, sí, porque al caer el Tercer Reich se habían vendido doce millones y medio de ejemplares: ediciones baratas, ediciones de lujo —con portada de piel o incluso de mármol—, ediciones en Braille para los ciegos, ediciones autografiadas por el Führer para los colaboradores distinguidos, ediciones que los ayuntamientos regalan a los novios por sutil sugerencia del Ministerio del Interior, ediciones que los novios, sean o no nazis, llevan en la mano cuando se toman la foto del día de la boda.

Y habla Vitkine de la cuenta en Suiza que la editorial abrió para que Hitler pudiera guardar allí sus derechos de autor, y habla Vitkine del golpe de popularidad que dio Hitler cuando renunció a su salario de canciller (cosa que podía hacer, por supuesto, como autor de un best seller), y habla Vitkine de que fue con sus derechos de autor que Hitler se compró el célebre Berghof, la casa en los Alpes bávaros que luego convertiría en su cuartel general. Pero sobre todo habla Vitkine de la (no tan) misteriosa correlación entre el momento económico de Alemania y la popularidad del partido nazi y las ventas de este manifiesto del odio: en 1928 los nazis obtienen una votación del 2,8% y durante 1929, antes de la crisis mundial, el libro de Hitler vende 23.000 ejemplares (“un modesto éxito de librería”, lo llama Vitkine). Pero al llegar la depresión económica a la ya deprimida Alemania las cosas cambian, y eso se ve en los 6,4 millones de votos y en los 54.000 ejemplares vendidos. En 1932 se venden 230.000 ejemplares. En 1933 Hitler es elegido canciller. Y lo demás ya se sabe.

El otro día vi que Marine Le Pen, la hija de Jean-Marie, subía en las encuestas de esta Francia en crisis. Claro que ni ella ni su padre tienen relación ninguna con los nazis. Salvo quizás el haber dicho (él) que las cámaras de gas son apenas un detalle de la guerra. Salvo el haber dicho (ella) que los musulmanes rezando en París han ocupado la ciudad como la ocuparon durante la guerra los nazis. Pero éstas son, como se ve, relaciones indirectas.

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