Por: Humberto de la Calle

Hola, Dios

ANTIER DIJO HAWKING. "DAdo que existe una ley como la de la gravedad, el universo pudo crearse a sí mismo -y de hecho lo hizo- de la nada" (The Grand Design). Para él, la moderna ciencia no deja lugar a la existencia de un Dios creador del universo.

En cambio, entre nosotros, Dios ha regresado, en boca no sólo de gentecita angustiada que se agarra a la esperanza, sino en la agenda de los grandes directores del Estado, que no escatiman momento para apelar a Dios, agradecerle, invocar su ayuda y rendir tributo al Creador, y a todo el abundante elenco de íconos nacionales.

De las tres religiones monoteístas centrales, sólo la cristiana ha tratado de separar a Dios del César. Para el islam y el judaísmo, Iglesia y Estado son la misma cosa. El cristianismo abrió la puerta a la razón y a la ciencia, y decidió intentar alojar la religión en aposentos privados dentro de un esquema, eso sí, de libertad de cultos.

En 1991 logramos, se supone, un Estado aconfesional (que por cierto es distinto a un Estado laico como equivocadamente se suele decir).

Pero de cierto tiempo para acá ha renacido un Dios que ahora adquiere una ubicuidad infinita, como corresponde a un ser cuyas virtudes carecen de límites.

Pero habría que indagar cuál es el Dios que ha regresado.

Hay una triple visión clásica de Dios:

Un Dios que habita en los intersticios de la creación, que ni manda ni perdona, sino que vive al ritmo del universo. Panteísmo. Budismo.

Hay un Dios tiránico que todo lo supervisa. Tiene una pasión irrefrenable por el castigo. Todas sus infinitas virtudes terminan sojuzgadas en la práctica por su condición de policía mayor.

Por fin, encontramos el Dios trascendente que habita por encima del mundo, pero ligado a él. Aunque reconoce nuestra libertad, este Dios ha revelado su verdad, la cual impone cargas severas, en especial en el campo moral.

Pero el Dios que ha regresado a estas tierras es otro. Es solamente un Dios magnánimo. Se le invoca para pedir perdón por los más horrendos crímenes. Para excusar conductas insólitas. Para tranquilizar la vida psicológica ante inminentes desafíos. Para meter goles. Para conseguir novia. No perder el examen de física. Salvar el trabajo en caso de faltas graves. Gobernar bien. Presidir consejos comunales.

Es, en suma, un Dios ansiolítico. Un valium. Un Dios de bolsillo que sólo se usa en beneficio del creyente, pero que no prohíbe nada. Es un Dios útil, un talismán, un agüero. Un Dios que puede ser olvidado al primer escollo moral. Un Dios que, por fin, desafía cualquier diatriba teológica. No importa si es primer motor increado. No importa que exista el mal pese a su bondad infinita. No le hace mella el fracaso constante pese a que se le invoca a diario para acompañar tareas finalmente frustradas. Es un Dios unilateral, indestructible, que resiste el uso y el abuso. Un acto de escape permanente. El remoto sueño de una fuga sin fin.

Si de eso se trata, si la idea es un Dios más práctico que una navaja Victor-Inox, pues ¡que viva Dios!

Pero queda la pregunta: ¿Es este el mismo Dios que ha buscado la religión? ¿Es un progreso de la teología o un leve triunfo de la superchería?

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