Por: Santiago Montenegro

Hola, soledad

“Hola, soledad, no me extraña tu presencia, casi siempre estás conmigo, te saluda un viejo amigo”, cantaba Rolando Laserie, mientras, bailando, repetíamos en coro sus frases en rumbas de años ya lejanos. Siempre me causó cierta curiosidad esta evocación de la soledad en medio de fiestas y reuniones que, supuestamente, debían lograr lo contrario, al crear fraternidad y estrechar relaciones. Pero no solo era Laserie. En grandes obras de la literatura encontramos cantos a la soledad, como en Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier; El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, o Cien años de soledad, de García Márquez, para solo mencionar tres grandes obras de nuestro entorno. Luego aprendí que, más allá de las experiencias personales de soledad que todos sentimos a lo largo de nuestras vidas, la figura de la soledad es un elemento central en nuestra cultura, fuertemente influenciada por lo que podemos llamar la tradición judeocristiana y contundentemente ilustrada en el mito de la expulsión del hombre del Paraíso. Según este mito, que enseña el comienzo de la historia humana, el hombre y la mujer vivían en el Edén, en completa armonía entre sí y con la naturaleza, sin necesidad de trabajar ni de elegir. No existía la libertad, ni el pensamiento y les estaba prohibido comer del fruto del conocimiento, el que descifraba el bien y el mal. De pronto, Adán y Eva desobedecieron, ejercieron su primer acto de razón y de libertad, pero se rompió la armonía entre el hombre y la mujer, y también entre el hombre y la naturaleza. Y, al desobedecer a Dios, pagaron un enorme precio. Dieron su primer paso en libertad, pero, al enajenarse de la naturaleza y tornarse en individuos, se encontraron desnudos, avergonzados, medrosos e impotentes. Lograron la libertad, pero se sintieron solos. Alcanzaron la libertad de coerción, la llamada libertad negativa, pero no supieron cómo gobernarse a sí mismos. No supieron, al menos inmediatamente, cómo ejercer su libertad en su sentido positivo, no solo para diseñar y ejecutar planes de vida, sino para encontrar una nueva armonía, una nueva reconciliación con lazos necesariamente diferentes a los lazos primarios, perdidos ya para siempre.

Martha Nussbaum tiene razón cuando, en esta época de crisis post Lehman Brothers, resalta el papel del miedo y de otros sentimientos, como la envidia, la rabia, el sexismo y la misoginia, para explicar la expansión de la llamada política de la identidad y del populismo en Europa, Estados Unidos o Brasil. Pero creo que se queda corta. Para entender nuestra época y para fortalecer y defender la democracia, también debemos estudiar los riesgos que plantean otros enfoques, como el de la psicología de Erich Fromm, en su Miedo a la libertad, que explica fenómenos, como el fascismo, con énfasis en factores puramente psicológicos, muy cercanos al mito de la expulsión del hombre del Paraíso. Porque hay crisis históricas, rompimientos de la armonía social, en las que la soledad de la responsabilidad personal y de la toma de decisiones individuales se tornan en cargas demasiado pesadas, que también inducen a pueblos enteros a pedir las cadenas, a llamar al “líder”, que promete seguridad, armonía y el retorno al edén, al paraíso perdido.

Quizá Rolando Laserie jamás leyó a Freud ni a Fromm, pero con “Hola, soledad” tocó la variación de una melodía que ha sonado desde el comienzo de nuestra existencia como seres humanos.

 

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