Por: William Ospina

Hölderlin

EL POETA ROBERT FROST ACUÑÓ UNA frase casi verdadera, pero también exagerada e injusta: "Poesía es lo que un poema pierde cuando se lo traduce".

Digo que es casi verdadera porque si un poema es su sentido y su sonido, sus emociones y su ritmo, su originalidad y su poder de evocación, basta cambiar alguna de esas cosas y ya habrá perdido algo para siempre. No ignoramos que en toda traducción se pierde algo esencial. Pero digo que la frase es exagerada e injusta, porque todos sabemos que a pesar de que una traducción perfecta es imposible, hace siglos y siglos vivimos de traducciones y necesitamos de ellas.

Muy pocos seres humanos pueden leer a Li Po en chino y a Basho en japonés, a Omar Kayam en persa y a Pushkin en ruso, a Sheherezade en árabe y al rey David en hebreo, a Tagore en bengalí y a Homero en el dialecto jónico del griego clásico, a Jan Neruda en checo  y a Snorri Sturlusson en el islandés de los vikings, a Dante en toscano y a Virgilio en latín, a Czeslav Miloz en polaco y a Eminescu en rumano, a Rosalía de Castro en gallego y a Paul Jean Toulet en francés, a Aurelio Arturo en castellano y a Chesterton en inglés.

Si no existieran las traducciones la sensibilidad humana estaría confinada en el horizonte de cada lengua y no habríamos llegado a esta época de sueños y modos de vivir compartidos, no habríamos llegado a la certeza de que puede haber emociones y anhelos que son comunes a toda la humanidad. Infinitas cosas se pierden sin remedio en la traducción de la poesía, pero cuánta felicidad nos dan a veces esas versiones, cuántas cosas que no habríamos pensado y sentido en nuestra lengua original nos llegan en ellas, y nos hacen sentir también, claro, cuán enorme es todo aquello que no alcanzamos, cuánta belleza permanece para nosotros inaccesible.

Para mí, una de las pruebas supremas de que la traducción es posible es Hölderlin. Friedrich Hölderlin es hoy considerado el más alto poeta de la tradición alemana, el primer poeta de los tiempos modernos cuya poesía alcanzó la intensidad y la fuerza expresiva que tenía el griego de la época clásica. Curiosamente, el conjunto de sus poemas traducidos suele producir una sensación de insuficiencia: nunca he logrado encontrar un poema completo de Hölderlin que alcance en español toda la intensidad que le atribuyen quienes lo han leído en su idioma original.

Pero Hölderlin logra pasar a veces con una intensidad inusitada en pequeños fragmentos, y es allí donde he tenido la certeza de estar asistiendo a una de las obras más prodigiosas del espíritu humano. Lo leí por primera vez en la traducción que Estanislao Zuleta hizo de un fragmento de La muerte de Empédocles: “Y abiertamente consagré mi corazón a la tierra,/ grave y doliente,/ y con frecuencia, en la noche sagrada,/ le prometí que la amaría fielmente hasta la muerte,/ sin temor,/ con toda su pesada carga de fatalidad,/ y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Y así me ligué a ella/ con un lazo mortal”.

Leí después asombrado algunas de las sentencias de su novela Hiperión: “El hombre es un dios cuando sueña y sólo un mendigo cuando piensa”; o esta, de imágenes poderosas: “Las olas del corazón no se alzarían ni se romperían en tan bellas espumas/ si no se estrellaran contra el destino: esa vieja roca muda”. Heidegger solía comentar largamente en sus charlas fragmentos de sus poemas: “Lleno de méritos está el hombre, mas no por ellos sino por la poesía, hace de esta tierra su morada”, y logró acuñar una suerte de antología de frases breves de Hölderlin a las que atribuyó a veces no sólo el don de la belleza sino el don de la profecía. Sus frases están llenas de sentido evidente, pero también contienen como la inminencia de una revelación: “Estar solo y sin dioses / es la muerte”; “Nosotros nada somos: / es eso que buscamos lo que es todo”. A veces articula sentencias que logran el efecto mágico de divinizar a quien las comparte: “En lo divino creen/ únicamente aquellos que lo son”.

Hölderlin, quien escribió que “allí donde crece el peligro crece también la salvación”, dijo que no hay mayor deber para la cultura humana que reconciliarse con la naturaleza, afirmó que nada necesitamos tanto como nombres sagrados que nos ayuden a celebrar y a agradecer por los dones del mundo, pensó que el hombre es capaz de crear muchas cosas pero que sólo se salvará si sabe proteger lo que ha recibido, aquello que no somos capaces de hacer, sino que nos fue dado sin que sepamos cómo ni por quién: el amor, la amistad, el agua, el aire, el milagro de la vida, la prodigalidad de la naturaleza, y es tal vez el poeta que más enseñanzas tiene para nosotros en esta época alarmante y terrible.

Ya a comienzos del siglo XIX, supo que éramos capaces de transformarlo todo, que corríamos el riesgo de alterar para siempre el planeta, que necesitábamos un sentido muy profundo de responsabilidad y de equilibrio para compensar el tremendo poder de creación y de transformación que habíamos logrado gracias a la razón y a la técnica. Y supo también que lo que podrá proteger a la especie y a sus culturas no será la razón, ni el Estado, ni la técnica, sino una renovación de los lazos míticos que nos unen con la tierra. Es el único moderno que ha pensado que si, gracias a nuevos mitos, logramos dominar la soberbia y la codicia, el verdadero esplendor de la civilización está en el futuro.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de William Ospina

Liborio: la voz de las montañas

Detrás de aquel rostro

Esta tierra donde es dulce la vida (III)

Esta tierra donde es dulce la vida (I)