Por: Lisandro Duque Naranjo

Hollman Morris

DANIELA MORRIS CASAS, UNA NIÑA de 10 años, hija de Hollman y Patricia, nació en el pueblo vasco de Vitoria, en el año 2000.

Las primeras ropas de la recién nacida fueron prendas de segunda que le llevaron unas españolas solidarias. No fue fácil para la mamá de esa bebé, comunicadora social javeriana, de familia tradicional y solvente, aceptar esas formas de filantropía, pero la dureza del exilio impone situaciones que tanto a ella como a su marido les pareció prudente no contar a nadie. La salida de Colombia fue tan repentina, que a Hollman, cuando los cuerpos de seguridad le informaron de la inminencia de un atentado en su contra, ni siquiera le dieron tiempo de pasar por su apartamento, llevándoselo de una vez al aeropuerto con la muda que tenía puesta. Con Patricia, quien se encontraba embarazada, ocurrió igual, sólo que ella convenció a quienes la acompañaban para que, deteniéndose unos minutos en su edificio, le dejaran sacar algunas cosas, que en semejante prisa resultaron ser unos CD y los cepillos de dientes suyo y de Hollman. Ese apartamento no lo volvieron a ver nunca más, y desde la ausencia forzada supieron que lo habían perdido por incumplimiento en las cuotas. A control remoto dirigieron el trasteo, repartiendo sus enseres entre la parentela, para que se los guardaran mientras regresaban, quién sabe cuándo. Los CD no los escucharon jamás, por carencia de equipo, lo que suplieron con una vieja casetera que alguien les regaló, encimándoles un casete de Alí Primera. No habiendo más, terminaron aprendiéndose completas las piezas del cantautor y convirtiéndolas en las canciones de cuna de Daniela, que nació allá.

Eran los tiempos en que, por cubrir Hollman para un noticiero la zona de distensión, Carlos Castaño lo amenazó, al igual que a otros periodistas. El asesinato de Jaime Garzón por esos días no daba como para tomarse el asunto en broma, así que todos salieron apurados del país hacia diversos destinos. Cuando se encontraban, hacían chanzas llamándose beneficiarios de la “Beca Castaño”.

A todos les pudo más el tedio que el miedo y terminaron regresando a casa. Hollman, entonces, fundó su programa Contravía. Ya estaba Uribe en el gobierno, y estigmatizó cualquier alusión a desplazados, desaparecidos o masacrados. De eso no hay acá, qué cuentos de conflicto interno. Los únicos que salían en televisión eran los de las Auc, a quienes se les decía “líderes” y “comandantes”. En cuanto a los bloques de exterminadores, no eran rebajados de “héroes” o “combatientes”. Hollman no entró en ese juego y se recorrió varias veces el país entrevistando viudas y huérfanos, llegando a poblados recién destruidos donde el traqueteo se seguía escuchando todavía y acompañando a forenses y a dolientes en su rastreo de cementerios escondidos. El Presidente, entonces, lo llamó “aliado de las Farc”, a partir de lo cual se lo hizo objeto de llamadas intimidatorias, recibió coronas fúnebres y padeció seguimientos misteriosos. Lo irónico es que de 230 capítulos de Contravía, sólo en uno el periodista habla con un miembro de las Farc, al que además cuestiona por operar en territorios ancestrales de la comunidad Nasa.

Ante este cerco, la Fundación Nieman le otorgó una beca para estudiar en Harvard. Cuando Hollman fue a la embajada americana a renovar su visa, ésta le fue negada “por vínculos del solicitante con el terrorismo”, lo que motivó que círculos importantes de la intelectualidad estadounidense, al igual que el Washington Post, se pronunciaran airados contra el exabrupto. Dos meses después, el Departamento de Estado norteamericano lo llamó a informarle que su visa estaba disponible. Esta vez sí tendrán tiempo él y su familia de preparar maletas. Buen viaje y que se gocen la “Beca Uribe”.

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