Por: Reinaldo Spitaletta

Hombre pan, hombre luz

A diferencia de tantos liberales que se deslizaron hacia la derecha (y el catálogo puede incluir desde Rafael Uribe hasta Alfonso López Michelsen), este hombre, admirador de Wittgenstein y Gardel, se tornó un liberal radical, defensor de los derechos humanos y de las libertades públicas.

Y después, quizá como una consecuencia de su sentido de justicia y de ética social, pasó a robustecer los discursos y prácticas de la izquierda democrática, a la cual representó como candidato presidencial.

Tal vez no le venía bien el papel de político, porque el aristotélico arte de la política, cada vez más degenerado en un país como Colombia, se asimila a la mentira, las corruptelas, los devaneos por el poder, el desprecio al pueblo y la prosternación ante las transnacionales, los magnates financieros y las doctrinas coherentes con el Consenso de Washington y los leoninos tratados de libre comercio. O, de otra manera, era un político idealista, platónico, y no tanto maquiavélico. ¿Se podría decir un metafísico de la política?

Tal vez por una charla que se le escuchó en la Universidad de Antioquia sobre Karl Kraus, leímos una obra teatral imposible de montar como Los últimos días de la humanidad, y un panfleto inteligentísimo: Contra los periodistas. Alguna noche de reportería, en la misma Alma Mater, lo vimos negociando con unos estudiantes que retenían a un agente de policía. Él estaba representando al Comité de Defensa de los Derechos Humanos.

En un país de mentirosos y de asesinos, un señor como él se erigió como paradigma de ética, de ilustración y sapiencia jurídica en las cortes, como alguien que, dados sus razonamientos y sabiduría, no requería gritar. Hablaba como si cantara. ¡Ah!, y ahora vuelve su imagen, una tarde del 26 agosto de 1987, en Campos de Paz, en Medellín, cuando estaban enterrando a Héctor Abad Gómez, asesinado la víspera junto a otro médico, Leonardo Betancur, cuando ambos iban al sindicato del magisterio a sentar posición y protesta por el crimen de Luis Felipe Vélez.

Con su voz temblorosa, en medio de una multitud desconcertada, y quizá temerosa de que allí hubiera otro atentado, el hombre pronunció una oración, una elegía, que finalizó con unos versos de León Felipe: “ganarás la luz como se gana el pan”. Era el mismo que por un azar (se tardó un poco más en una cita de odontología y por eso no estaba con Abad Gómez y Betancur en el momento del crimen) había salvado su vida. Y ahí estaba despidiendo a su amigo y camarada de luchas por la dignidad y la decencia.

Se podría decir que era un “hombre de pan y de luz”, alguien que rezumaba poesía y canción y conocimientos. Era, en esencia, un metafísico. Y siguiendo su propia definición de metafísica, alguien que se ocupaba de los problemas más acuciantes del ser humano: la eternidad, el tiempo, el sueño, la vigilia, la realidad (¿existe o no la realidad?), el ser, la nada… Para él, por ejemplo, Hegel era un metafísico y Kant un filósofo. Consideraba “un metafísico a Nietzsche y un filósofo a Schopenhauer; un metafísico a Heidegger y un filósofo a Russell. Y, con algunas reservas, un filósofo al primer Wittgenstein y un metafísico al segundo” (de una charla suya sobre Borges en la U. de A.).

Y a un tipo así, adalid de la justicia y del estado social de derecho, de milagro no lo mataron y pudo llegar hasta los setentaisiete años. Y tal vez no lo mataron porque se exilió en la Argentina, y porque cuando lo iban a matar, no apareció en la escena del crimen. Se dirá por ahí que no hay muerto malo (ni novia fea), pero el señor de barba y de tantas lecturas, al que la gente de las plazas y las esquinas de barriadas pobres bautizó como el “papá Noel”, tenía la bondad que da el saber mucho y no darse ínfulas por ello.

Era un humanista, un lector empedernido, un melómano. Un hombre de izquierda en un país predominantemente conservador. Podía llorar con Gardel o con Va pensiero, de Nabucco, tragedia lírica de Verdi. El profesor, el magistrado, el candidato presidencial, el hombre, el maestro, se han ido. Señor Carlos Gaviria Díaz: para usted estas palabras de León Felipe: “tuya es la luz, pero el llanto es mío”.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Reinaldo Spitaletta

¿Quién coños es ese tío?

Lectura en una sala de urgencias

Los niños de Trump

Servidumbre y resistencia

Tiempo de desobediencia civil