Por: Allison Benson Hernández

Hombres sin tierra y tierra sin hombres

El desarrollo rural es un tema distante para los colombianos que vivimos en las ciudades. Rara vez nos preguntamos quién produce nuestros alimentos, o cómo vive el 30 % de los colombianos de la otra Colombia, la rural. Quizás por este distanciamiento es que no nos alarmamos cuando leemos frases como “Colombia es el país de Latinoamérica con mayor concentración en la tenencia de la tierra”, como lo indica el estudio Radiografía de la desigualdad de Oxfam (2016), que muestra que los dueños del 1 % de los predios rurales poseen el 81 % de la tierra, mientras que en Brasil poseen el 44 % y en Ecuador, el 23 %. La realidad que exhiben estas cifras sí debería alarmarnos, pues la excesiva concentración de la tierra es un problema serio, que abarca lo económico, lo político y lo social, y que afecta al país como un todo.

En términos económicos, la excesiva concentración de la tierra es indeseable por varios motivos. En primer lugar, pues la producción mecanizada a gran escala no siempre es la más eficiente. Los pequeños productores suelen emplear la tierra de manera más intensiva y más sostenible, y como lo menciona Hernández et al. (2014), la agricultura a pequeña escala tiene una ventaja comparativa en productos intensivos en mano de obra, como el café o los productos orgánicos. Además, contrario a los grandes monocultivos, la producción a pequeña escala, diversificada y separada geográficamente, es menos vulnerable a enfermedades y afectaciones del clima. En segundo lugar, la producción en grandes predios suele concentrarse en ganadería y en productos agroindustriales y de exportación, como la palma de aceite; mientras que los pequeños productores son quienes producen el 70 % de los alimentos que consumimos en el país (UPRA y FAO, 2016). Así, la concentración de la tierra se relaciona con el uso inadecuado de la misma. En efecto, hay 15 millones de hectáreas con vocación para la ganadería, pero se usan 35 millones; mientras hay 22 millones de hectáreas con vocación para la agricultura, pero solo se usan 5 millones (IGAC). Todo lo anterior demuestra que sería más eficiente tener una mayor proporción de la tierra en manos de pequeños productores agrícolas, lo cual además contribuiría a la seguridad alimentaria, al uso sostenible de la tierra y a la reducción de la pobreza rural, permitiendo a los campesinos ser productores y no jornaleros ocasionales de grandes terratenientes.

En términos políticos, la concentración de la tierra también genera resultados indeseables, pues está relacionada con la concentración del poder político (y del prestigio, una herencia que nos dejaron los españoles). Como lo dijo León Valencia recientemente en una conferencia en la Universidad de los Andes: cerca del 70% de los congresistas tienen vínculos con el latifundio. Esto implica que los intereses de una minoría están sobrerrepresentados, lo cual se traduce en leyes y políticas que benefician solo a una pequeña fracción de los productores, quienes, por supuesto, frenan iniciativas de desconcentración de la tierra. Lo irónico es que el 89 % de los productores agropecuarios en Colombia son pequeños (CNA, 2014). Pero ¿quién representa sus intereses en el Congreso, o en el Ejecutivo? Por esto es que los campesinos recurren a paros para hacerse oír.

En términos sociales la concentración de la tierra también ha traído perjuicios. Como lo han documentado múltiples historiadores, incluyendo la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, es uno de los principales factores que dieron origen al conflicto armado. La concentración de la tierra ha sido un constante generador de violencia, despojo y abandono, en especial durante la contrarreforma agraria de los 80 y 90, cuando la tierra se concentró en manos de narcotraficantes, paramilitares e incluso grandes empresas. Hoy, las víctimas que se atreven a volver, y a demandar el acceso a sus tierras, siguen enfrentando violencia. Según el Centro Nacional de Consultoría, seis de los líderes sociales asesinados desde 2016 eran líderes de restitución de tierras y otros 80 líderes campesinos, indígenas o de comunidades negras, quienes abogan, entre otros, por esta causa.

Es claro que algunos sectores se benefician de que Colombia siga siendo un país de hombres sin tierra y de tierras sin hombres, aunque sea a costas del bienestar de la mayoría. Intentar cambiar esto nos ha costado siglos, reformas fallidas y un conflicto armado. Reducir la concentración improductiva de la tierra no es una tarea fácil, pero podemos comenzar enterándonos, votando consecuentemente y alzando nuestras voces para demandar un cambio. Ojalá el nuevo presidente esté dispuesto a oír.

* Estudiante Ph.D. en Desarrollo Internacional, London School of Economics.

 

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