Por: Felipe Zuleta Lleras

Homenaje a un amigo

Murió esta semana Germán Jaramillo, un gran amigo al que extrañaré mucho. Por eso hoy, si ustedes me lo permiten, quiero recordar a Germán con el afecto del hermano que nunca tuvo y cuyo título, inmerecido tal vez, me puso desde que lo conocí hace muchísimos años. Por eso, abusando de su generosidad me atrevo a compartir algunas anécdotas que me obligan a hablar de mí, cosa antipática por lo demás, para referirme al Germán que conocí, disfruté y estime profundamente.

Cómo no contarles a ustedes un dato que refleja perfectamente a Germán. Era nuestro amigo un cazador profesional de estrellas. Sí, pero no de aquellas que vemos en el firmamento y con las que habla el principito.

No señor, perseguía las estrellas, pero las Michelin, aquellas que les dan a los mejores restaurantes del mundo. Si se las hubiera podido colgar, no le habrían cabido en las solapas de sus siempre impecables y clásicos vestidos. Recuerdo por ejemplo que un día hablando de sus pintas me dijo en su impecable inglés británico: gentleman never wear brown suits. ¡Ese era Germán!

Tal vez Germán y Claudia su esposa son las dos personas, al menos que me conste, que más restaurantes famosos del mundo han visitado. Eso refleja perfectamente a ese amigo sibarita, refinado, buena vida, espléndido, que comía regio, vestía impecable y bailaba sevillanas como un profesional.

Tenía Germán un humor cachaco chapineruno repentista que lo hacía morir a uno de la risa. Déjenme contarles una anécdota. Una noche nos fuimos para el restaurante Zubaroa, en el País Vasco. Claudia, como siempre cómplice y amiga, decidió que sería la conductora elegida, lo que obviamente nos dejaba a Germán y a mí a nuestras anchas. Escogió Germán un vino Paternina reserva del año 59, acompañado de unas entradas que si mal no recuerdo eran un foie gras de pato y cebollas caramelizadas y unas vieras en esencia de crustáceos.

Cuando le dije “Germancillo, yo nunca me he tomado un vino más viejo que yo, que soy modelo 1960”, Germán sirvió el vino, alzó esas magnificas copas de fino cristal y nos dijo: “Claudita y Felipillo, que suene el Peldar”.

Así era Germán Jaramillo, ese divertido y espléndido amigo.

Y cómo hablar de Germán sin elogiar a Claudia. Muchos años juntos, amigos inseparables, cómplices y espléndidos. Y aclaro, querida Claudia, que tal vez a mí como a nadie me consta tu dedicación a Germán, lo que me confirma sin lugar a dudas que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Alcanzó Germán puestos importantes en su vida y lo logró gracias a su preparación profesional y el apoyo incondicional de su esposa.

Buen viaje, Germán, y espero que hoy sigas en lo mismo: cazando estrellas y, finalmente, con la tranquilidad con la que te marchaste como el mejor por la puerta del príncipe, haciendo lo que tal vez amabas más en el mundo: mirando los toros desde la barrera. ¡Olé!

Se ha ido, como dijo el padre Vicente Durán en la misa, un hombre buen ciudadano, de esos que escasean cada vez más.

 

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