Por: Yolanda Ruiz

“Homo selfie”

Tal vez no sea nuevo decirlo, pero pareciera que hemos cruzado líneas rojas en materia ética y de respeto al otro. No hablo de Colombia ni de política —ya sobre eso se ha dicho casi todo—, hablo del mundo y del día a día de una sociedad encerrada en el narcisismo de las selfies y el culto al individualismo que nos ha hecho perder el norte de lo humano. Para la muestra una imagen que un fotógrafo italiano captó en una estación hace pocos días: una mujer de 83 años fue atropellada por un tren y mientras ella era atendida por socorristas en plena carrilera, desde el andén un joven se hacía una selfie haciendo la V de la victoria con sus dedos. Tragedia al fondo con una anciana herida, sonrisa en primer plano para publicar en redes, en donde todo sirve con tal de circular y, si se puede, volverse viral. El instante de gloria puede estar en cualquier esquina.

No es el primer caso, es uno más en una lista larga de imágenes que reflejan ese “homo selfie” en el que nos hemos convertido. Me ven, luego existo, parece ser la nueva forma de entender nuestra propia individualidad. En ese escenario todo vale: ya se ha hablado mucho de las fotografías de jóvenes ricos en carros deportivos posando en las zonas de pobreza de países latinoamericanos, como si la miseria fuera un decorado. También se comentan las poses ridículas haciendo todo tipo de gestos en el Museo del Holocausto o las sonrisas postizas mientras al fondo se ven los estragos de una tragedia que ha cobrado vidas. Una enfermera se hizo famosa por posar al lado de una paciente que estaba agonizando y un militar de algún lugar, por tomarse una fotografía delante de un avión accidentado.

Las imágenes multiplicadas por miles de millones de cámaras que disparan a la velocidad de la luz han creado una nueva manera de interactuar con el mundo. Ese mundo que ahora no existe si no está en fotografía o en video para ser compartido, multiplicado, editado, pixelado, retocado y para muchos apropiado con una condición: que el protagonista de la selfie aparezca allí como centro de la imagen. Ya no son importantes las ciudades, los paisajes, los monumentos, los desastres o las víctimas, lo importante es el protagonista de la selfie y aquello que lo rodea es decorado para que la foto se vea mejor, distinta, creativa, única, aunque millones hagan lo mismo. Buscarse distinto entre la masa es un eterno sueño de los humanos que nos creemos diferentes a esos que son nuestro reflejo.

Algo ha cambiado: en el principio se creó el recuerdo que se guardaba en la memoria, vinieron luego las pinturas a las que accedían unos pocos para dejar una imagen de sí mismos al futuro, después esa fotografía que captaba un instante precioso y se guardaba en un álbum para repasar en familia y dejar a las siguientes generaciones. Ahora, millones de imágenes compiten por nuestros ojos que no dan abasto para ver y ver y ver.

En ese universo visual la selfie tiene un lugar especial porque no es, como diría el lobo del cuento, para verte mejor, sino para que me veas mejor. Millones de personas posan una y otra y otra vez para contarle al mundo lo que hacen y no hacen, los instantes de una vida cierta o falsa que pone a cada quien en el centro de un escenario en donde aplauden con pulgares arriba o caritas felices el sencillo espectáculo de nuestra propia existencia convertida en comedia o en tragedia.

Tal vez esta sociedad sobrecargada de selfies es el punto de llegada natural de un mundo en el que se promueven el éxito y el triunfo individual y se pierde con frecuencia la empatía con los de nuestra especie. Ya comienzan los académicos y los artistas a entender y a analizar esta nueva era en la que una imagen define, da sentido o hasta crea una nueva realidad que cobra vida propia.

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