Por: Juan Carlos Botero

Homofobia “light”

Hace unos años escribí una columna sobre el racismo de coctel, aquel que aflora en reuniones sociales, disfrazado de chistes y bromas, y se cree inofensivo. No lo es. Sin duda es menos letal que el que espolea un linchamiento, pero su presencia, más sutil y discreta, es también corrosiva y, a la larga, nefasta. Porque para que el racismo exista, en toda su violenta y peligrosa dimensión, el que motiva desde insultos hasta holocaustos, se requiere de la gama entera de racistas, desde los más “inermes” hasta los más intolerantes y homicidas. Algo similar sucede con el narcotráfico. Este negocio ilícito prospera no sólo gracias a grandes capos y adictos perdidos, sino también a consumidores pequeños y ocasionales. Si aportas tu grano de arena a que el narcotráfico exista, tienes una cuota de responsabilidad en la presencia del problema, una tajada grande o pequeña pero, en últimas, propia e intransferible.

Lo mismo pasa con la homofobia. El rechazo al homosexual tiene grados y matices, como sucede con el racismo. Hay toda una gama de intolerancia sexual, desde la persona que siente una repugnancia visceral por los gays, que anhela su exterminio total e invoca la Biblia al considerar la homosexualidad “una abominación” que debe ser castigada con la muerte, hasta la persona que sólo le fastidia y cree que la acepta, “con tal de que esa gente no se meta con uno”. Pero, ¿por qué no le preguntan a un joven homosexual, que vive un conflicto interno abrumador, decidiendo si debe salir o no del clóset y cuándo y cómo, si ese rechazo a su realidad, que se cree menor o sutil, si esa postura contribuye o no a que su conflicto exista? Mejor dicho: si una persona gay sólo percibe intolerancia de parte de los extremistas, o también de los moderados.

Porque lo que esos individuos de homofobia light, por llamarla de otra manera, no han entendido es que aquí lo que está en juego no es sólo el repudio al gay, tenue o virulento, sino algo mucho más grande y complejo. Es otra faceta de la batalla social por la igualdad entre las personas. Una batalla que a lo mejor nunca se podrá ganar del todo, pero que si no se libra se perderá con seguridad. Y si todavía hay quien cree que esa batalla es exagerada o no del todo necesaria, ¿por qué no le pregunta qué piensa al respecto la persona que ha sufrido en carne propia las consecuencias de la desigualdad, quien ha sufrido el rechazo, la discriminación, la burla o la agresión por la desigualdad racial, sexual, social, religiosa o política? Porque es el mismo problema de siempre. Quien goza los privilegios del poder y de la igualdad no es del todo consciente de la tragedia de quien padece la ausencia de poder y la falta de igualdad.

Lo cierto es que en esta batalla sin cuartel existen dos bandos, y sólo dos. O estás del lado de quienes están ayudando a derrumbar los muros de la intolerancia y del desprecio al prójimo, y estás luchando por construir una sociedad más justa e igualitaria, o le estás añadiendo ladrillos al muro y estás aumentando el nivel de intolerancia y, en últimas, el dolor al prójimo. Y basta saber que con tus palabras, actos y actitud estás reduciendo el sufrimiento de otras personas, o estás ayudando a que ese sufrimiento crezca y persista. La decisión, claro, es sólo tuya. Propia e intransferible.

 

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