Hora de consensos

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Planteada, por la vía que fuere, cualquier controversia sobre aspectos fundamentales para el destino de una nación, siempre será mejor tramitarla por la vía del diálogo y los consensos. Cada encrucijada es resultado de procesos históricos que no se van a revertir de un tajo. Salvo que se quiera pagar el costo elevado de tratar de arreglar las cosas por el camino de la destrucción, que termina por agregar no solamente odios perdurables, sino el esfuerzo adicional y la tarea obligatoria de reconstruir.

El proceso político, social y económico de Hong Kong en 2019 resulta paradigmático, porque se trata de un escenario de encuentro entre modelos diferentes, que sabiamente, al menos en el papel, fue concebido cuando se decidió que la ciudad pasara a ser parte de China, solo que mantendría características del modelo que le ha sido propio, bajo la fórmula de “Un país, dos sistemas”.

Ya era de esperar que las sensibilidades de los defensores de la línea tradicional de vinculación de la urbe al modelo occidental se fueran acentuando con el paso del tiempo. Y claro, en medio de ese clima, la propuesta de someter eventualmente a residentes de la ciudad al sistema judicial ordinario de la República Popular desató un proceso de confrontación, al que se fueron sumando nuevos motivos y argumentos. Todo al ritmo de alteraciones del orden cotidiano, cuyas consecuencias son parecidas en todas partes.

La importancia del caso de Hong Kong se deriva del hecho de que no se trata simplemente de un asunto “disciplinario”, sino que, una vez más, se plantea el dilema entre las bondades que uno u otro sistema pueda traer para los ciudadanos, allí llamados ahora “netizens”, esto es “red-dadanos”, agentes políticos que se manifiestan por las redes sociales, que además se pueden ir a la calle a intervenir en política por la fuerza.

Así se van poniendo en evidencia nuevos retos para el desarrollo de las instituciones democráticas. Como si por los conductos incontrolados de las redes sociales se realizara cada día una especie de “elección” entre opciones políticas. Y como si los poderes establecidos tuviesen que abandonar súbitamente sus proyectos, a pesar del apoyo original emanado de las urnas, para negociar cuanto antes todo aquello que vaya mal.

Es apenas natural que, bajo las circunstancias de revuelo y agitación de los espíritus que producen los incidentes callejeros, no sea fácil encontrar el sosiego deseable para sentar las bases de corrección de problemas históricos. Máxime cuando se trata de una confrontación en la cual la prisa y las necesidades urgentes de cambio de unos se encuentran con la lentitud de los procesos institucionales y, además, con la escasa voluntad de cambiar las cosas por parte de quienes ejercen el poder o se benefician de su organización tradicional.

Las elecciones realizadas recientemente en Hong Kong vinieron a reforzar, de manera arrolladora, la causa de quienes, desde la ciudadanía, desean mantener la línea característica de la ciudad como uno de los polos fundamentales del sistema económico mundial, dentro de la lógica de la ortodoxia del mercado. No se produjo el veredicto de la “mayoría silenciosa” que, según Carrie Lam, la gobernante de la ciudad, saldría a defender su línea de intensa cercanía con el Estado del otro lado de los límites urbanos.

En los términos anteriores, el asunto de Hong Kong, que por definición debe ser un asunto interno de China, adquiere, quiérase o no, significación internacional, así sea desde el punto de vista sencillo de los observadores imparciales. El problema es que también suscita intenciones de interferencia de países interesados en acentuar las contradicciones entre los protagonistas de una disputa que encontró en las urnas un episodio alternativo al de los motines.

Cumplido un prolongado periodo de confrontación callejera, y conseguido ya un veredicto de las urnas, a Hong Kong le espera una nueva etapa, que debería ser la de la búsqueda de consensos. El mismo esquema de “un país, dos sistemas”, interpretado a cabalidad, se constituye en guía adecuada para organizar, como asunto chino, y sin interferencias extranjeras, la manera en la cual ambas partes, esto es ambos sistemas, pueden no solamente convivir sino cooperar.

El gobierno chino ha manifestado su voluntad de entrar en esos acuerdos, y se ha pronunciado en contra de la interferencia extranjera. Ya se sabe que, si no quisiera el consenso, bastaría con una orden de pocas palabras para que el asunto se “arreglara”, entonces desde el otro lado, por la vía de la fuerza. Por ahora, como demostración sutil de su buena voluntad, y de su poderío, el gobierno de Beijing ha enviado tropas, desarmadas, en traje de civil, a recoger los escombros que ha dejado la destrucción de los motines. Nadie quisiera que volvieran a entrar a las calles de la ciudad en un tono diferente.

En una época en la que las relaciones internacionales parecen como un laberinto lleno de espejos, que permiten al mismo tiempo difusión de imágenes y engaños visuales, el éxito de la búsqueda de consensos en Hong Kong tendría resultados positivos en muchos otros países, también abocados a escoger entre diferentes modalidades de corregir el rumbo de su destino.

 

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