Por: Alvaro Forero Tascón

Hora del “poder suave”

HAY TRES MANERAS DE EJERCER EL poder: imponiéndolo coercitivamente, comprándolo o convenciendo a la otra parte de seguirlo.

Durante los primeros años del gobierno Uribe, Colombia ejerció una política regional basada en el ejercicio del poder duro. Pero desde que el eje Chávez-Correa encontró la fórmula del garrote y la zanahoria para neutralizar el activismo antiterrorista de Uribe, el poder regional de Colombia se ha disminuido considerablemente, como mostrará mañana la aséptica cumbre Uribe-Chávez.

Luego de que Chávez neutralizara la presión colombiana retrocediendo estratégicamente en su apoyo público a las Farc, la diplomacia regional de Colombia quedó en la sin salida: debe aceptar que Ecuador mantenga rotas las relaciones diplomáticas y no tener embajador de Venezuela, debe callar en los temas críticos con Caracas y ante las andanadas periódicas del presidente Correa. A cambio de nada, porque esos países siguen sin colaborar efectivamente en materia de seguridad, como prueban los anuncios del presidente Uribe de que los jefes de las Farc se esconden en el exterior.

Parece evidente entonces que, regionalmente, a Colombia sólo le queda el camino de buscar ejercer el poder suave. Este es un concepto relativamente nuevo en las relaciones internacionales, planteado por Joseph Nye en el libro La naturaleza cambiante del poder americano, que consiste en obtener el objetivo estratégico a través de la atracción y la colaboración, en lugar de la coerción y el pago. Algunos lo confunden con el apaciguamiento, pero en realidad es el ejercicio del liderazgo en lugar del poder, en el entendido de que es más realista conseguir los objetivos propios generando propósitos comunes, que tratando de imponérselos a una contraparte fuerte que los ve como una amenaza. Obama y Lula son sus principales exponentes actualmente.

Aparentemente no sería fácil que Colombia transforme una relación tan deteriorada como la que tiene con Ecuador y Venezuela. Sin embargo, las relaciones internacionales las determinan los intereses, no las ideologías, como demuestra la exitosa política exterior china. Y existen muchos intereses comunes poderosos entre los mandatarios andinos.

Pero el único factor capaz de modificar sustancialmente la ecuación regional es la relación con Estados Unidos. Colombia tiene como pilar de su política exterior, la tesis de que su condición de Némesis de Hugo Chávez es una fortaleza estratégica frente a Estados Unidos. Pero es posible que esa suposición ya no sea cierta. La evidencia reciente indica que dentro de la nueva estrategia norteamericana de soft power, a ese país le interesa más que aliados como Brasil le ayuden a neutralizar a Chávez, que Colombia le ayude a amenazarlo, pues ésto sólo sirve para invitar a que Rusia incite una parodia de Guerra Fría en la región.

El presidente Uribe podría ejercer liderazgo regional disputándole a Lula la bandera del mejoramiento de las relaciones de Chávez con Estados Unidos. Washington no dudaría de las buenas intenciones colombianas, y Venezuela recibiría con regocijo el cambio de actitud de Colombia. En contraprestación, Chávez tendría que hacer esfuerzos reales por colaborar con Colombia en materia de seguridad y drogas, que es lo que realmente le interesa a Estados Unidos.

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