Horas introspectivas en El Ubérrimo

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Quiero imaginar esta mañana a Álvaro Uribe sentado en un taburete de piel de vaca en El Ubérrimo, con su gorra de paisano y el poncho de cuadritos; está a horcajadas y reposa los brazos huesudos sobre el espaldar; en su mirada no hay sosiego y se extravía fácil en el horizonte de las 1.500 hectáreas de sabana que son suyas. ¿Estará recapitulando? Me gustaría creer que sí. Me gustaría pensar que está haciendo un inventario de lo que podría haber hecho diferente, de las decisiones que tomó en estos 20 años, de las apuestas y los pactos, y de la larga noche negra que invocó, de las mentiras, la confusión, para poder prevalecer, para no tener que irse, y para que luego de ido, algún día, no lo juzgaran por todo lo anterior. ¿Estará recordando a esos “buenos muchachos” que lo acompañaron y que terminaron presos, prófugos, extraditados? ¿Valorará que todos aceptaron en silencio esos destinos, sin que la culpa lo tocara a él en ningún caso?

¿Aceptará en sus adentros que lo suyo fue el culmen de un proyecto extenso y sanguinario para “refundar” la “patria”?

¿Pensará que quizás hubiera sido mejor no mantener esa batalla encarnizada con las cortes, no subestimarlas, tratar de someterlas ni espiarlas como política de Estado?; no haber minado la confianza en ellas cuando le fallaban algo en contra o condenaban a alguno de los suyos. Tal vez hubiera sido mejor recomendarle en privado la huida a María del Pilar Hurtado, su jefe de espías, y no en público y con el argumento de que no se podía confiar en la justicia colombiana. Quizá no fue la actitud de un estadista ni un expresidente. ¿Lo pensará?

¿Habría sido mejor dejar gobernar a Santos, sin zancadillas sistemáticas, sin torpedos al proceso de paz, sin mentiras, algunas ingeniosas y hasta divertidas, y otras contraproducentes como esa, pronunciada en España con imágenes de supermercados desabastecidos, de que Colombia estaba pasando hambre, como Venezuela, cuando se trataba de un simple paro camionero, o la de los 12 millones de dólares mafiosos que le entraron a la campaña santista, y que él lanzó sin pruebas, como se lanza un infundio solo para que haga carrera. ¿Se reirá recordando lo de las cartillas y aquello de que en Cuba estaban introduciéndole toneladas de ideología de género a los acuerdos para volver maricas a todos los niños colombianos? Lo quiero imaginar en un rictus de dolor al pensar que, de pronto, habría podido montarse en ese barco de la paz; ese barco que no ha terminado de venir de La Habana. Al fin y al cabo fue él quien orilló a las Farc a tener que dialogar. Mucho del crédito era suyo. ¿Se podría haber cedido algo en lo de la restitución de tierras o eso era traicionar a quienes lo llevaron al poder? Quizás hasta ese Nobel se hubiera podido compartir.

Ya entrado en ese balance personal, y avanzando esa hipotética mañana de introspección en El Ubérrimo, ¿admitirá en su intimidad que él mismo, siendo presidente, les ofreció a las Farc en secreto muchas de las gabelas que luego le criticó a Santos con furor? ¿Lo habrá olvidado? Lo presiento, en este punto, acusando recibo de un cansancio viejo, por esa avalancha incontenible de odio generada por él mismo, en su miedo compulsivo a la verdad, al juicio de la historia por sus desaciertos, por sus crímenes. ¿Cuándo perdí el control de todo eso? –pensará–, ¿cuándo se volvieron una sola cosa lo falso y lo cierto? ¿Lo pensará? ¿Resentirá el no tener un solo día de sosiego, de despertarse y poner el primer pie sin que el pensamiento subsecuente sea a quién debo atacar en mi defensa? ¿A quién vituperar hoy de manera preventiva?

Se reacomodará en su taburete y se le vendrá sin atenuantes esa idea de que tal vez hubiera sido mejor jubilarse y quedarse en El Ubérrimo; que lo fueran a buscar allá, que lo llamaran a consultarlo; seguir moviendo hilos sin tener que dar la cara; no meterse a senador ni darle a la Corte la posibilidad de ser su juez. A los expresidentes los investiga el Congreso y la Fiscalía. Pan comido.

Quizá, si pudiera devolver la historia, no habría salido con la cabeza tan caliente, esa tarde en pleno debate en el Congreso, a demandar a Iván Cepeda y acusarlo de hacer lo que él mismo, posiblemente, estaba haciendo: comprar testigos para que declararan contra el otro. En qué punto falló el cálculo de que la Corte iba a transformar a Cepeda en una víctima. Víctima suya, por demás.

¿Y si se hubiera rodeado mejor? ¿De gente más inteligente aunque menos obsecuente y zalamera? Sí, Paloma lo idolatraba hasta verlo como un nuevo sagrado corazón, pero ¿lo aconsejaba bien? ¿Le advirtió alguna vez de sus errores? ¿Alguien lo hizo? Y José Obdulio, y María del Rosario, y Londoño, y Pachito. ¿Y si alguna vez le hubiera sugerido a María Fernanda escupir menos veneno? ¿Lo odiarían menos los millones que hoy lo odian?

¿Y si hubiera llevado la corrupción a sus justas proporciones? Solo un poco; tal vez decirle a Andrés Felipe que no se descarara con lo de los subsidios, decirle no a “La gata” cuando le financió la primera campaña, o frenar lo de David Murcia Guzmán, DMG, o exigirle a Santoyo la renuncia, y a sus hijos que fueran menos emprendedores. En fin.

Culmina la mañana y ya la brisa trae un tenue olor a sancocho y mazamorra. El viejo se levanta del taburete, se despereza y se acomoda el poncho a la derecha. Manotea como para alejar un pensamiento: “tanta carajada; aquí no va a pasar nada; yo soy el grancolombiano; yo soy el segundo libertador, y les voy a dar en la cara a todos esos maricas de la Corte. Aquí estoy y aquí los espero”.

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