Por: Uriel Ortiz Soto
Comunidad y desarrollo

 Hormigas asesinas se le comieron el cráneo

Considero apenas justo y elemental que los señores de las Farc, antes de constituirse en partido político, nos digan claramente donde se encuentran los cadáveres de cientos de niños que fueron asesinados en absurdos y amañados consejos de guerra.  

Los corazones de cientos de colombianos no pueden continuar lacerados, esperando que los llamados acuerdos de paz obnubilen y dejen en el olvido la situación de cientos de niños que fueron reclutados a la fuerza, o que mediante engaños y mentiras los enrolaron en sus filas y, al no poder cumplir con su misión guerrillera por incapacidad física, fueron condenados en consejos verbales de guerra —acusándolos de ser infiltrados, o del delito de cobardía— a la pena de fusilamiento o la horca, sentencia que, en medio del dolor, del llanto y la desesperación, tenían que cumplir sus propios compañeros de filas.

Los hechos a los que voy a referirme ocurrieron en el mes de enero del 2012; cuando ya soplaban vientos de paz para nuestra martirizada Colombia: un buen día llegaron cinco guerrilleros y dejaron bajo el cuidado del esposo de la señora denunciante diez reses para que les fueran cuidadas en su parcela, con la advertencia de no dejarlas morir, ni mucho menos robar, “aténgase” a las consecuencias si una de las dos cosas sucede, puesto que con las órdenes de las Farc no se juega.

Sucedió que a las dos semanas de estarlas cuidando sin ninguna remuneración, dos de las reses enfermaron al parecer de fiebre aftosa, el temeroso campesino tan pronto las vio en mal estado acudió al comandante para ponerlo al tanto de la situación, el ignorante sujeto le dijo que se las arreglara como pudiera, pero que jamás dejara morir los semovientes, puesto que ese descuido lo pagaría con su vida a “favor de la revolución”.

El humilde campesino, sin un peso, regresó a su casa y en convenio con su señora esposa salieron al pueblo a vender unas aves de corral, con el realizo compró algunas drogas para salvar los semovientes de la guerrilla —lo hizo más por salvar su vida, la de su esposa e hijo de nueve años que por el convencimiento de una causa revolucionaria—.

También acudieron al veterinario del pueblo, quién se trasladó a la finca, con tan mala suerte que las dos reses habían muerto, inmediatamente volvió de nuevo al campamento para informarle al comandante lo sucedido, quién despachó una comisión para que verificara el fallecimiento de los dos semovientes, lo que realmente fue confirmado, además, con una certificación expedida por el veterinario, quién testificó que habían muerto de fiebre aftosa y que los demás semovientes corrían igual peligro si no se les vacunaba y se les sometía a un proceso de cuarentena, puesto que venían de una hacienda infectada.

El “comandante” sindicó al campesino de ser un infiltrado y no colaborar con la causa revolucionaria, advirtiéndole que le perdonaría la vida, siempre y cuando en un término de ocho días le entregara la suma de 20 millones de pesos por las dos reses que había dejado morir.

El humilde campesino, desesperado, salió al pueblo a implorar la caridad para recaudar a punta de donaciones la cuota impuesta por el absurdo “comandante”, como no fue posible reunirla, a los ocho días regresó a su casa cansado, extenuado y atemorizado, al entrar, se encontró a boca de jarro con tres sujetos, que inmediatamente le dispararon dándole muerte al instante; pero la cruel historia sigue: acto seguido cogieron a su señora esposa, amarraron a su hijo de tan solo nueve años a un poste y en su presencia la violaron entre los tres sujetos.

Ante el llanto y súplicas de la madre postrada, violada y humillada, cogieron al niño, le amarraron un lazo corredizo al  cuello y lo obligaron a que se fuera con ellos para las filas de la guerrilla, no lo dejaron siquiera despedirse de su señora madre, quien de lejos en medio del llanto le echaba bendiciones y lo encomendaba al todopoderoso por su vida.

Al llegar el niño al campamento, fue presentado al “comandante”, quién ordenó que le leyeran el reglamento de la guerrilla, le dieran un fusil y lo obligaran a combatir al enemigo, “que si resultaba verraquito, de esa forma pagaría las dos reses que había dejado morir su padre”.

El niño desde luego no tuvo fuerza para combatir y disparar un fusil, que a su corta edad jamás lo había hecho, este acto indignó al “comandante”, quién ordenó castigarlo llevando 100 viajes de leña del monte a la rancha en un trayecto de dos kilómetros en solo un día, razón por la cual el niño a las dos de la tarde desfalleció, se quedó dormido en el camino, acto seguido lo despertó, ordenó abrir un hoyo, lo amarró de pies y manos, lo enterró dejándole la cabeza al descubierto y pidió que trajeran un enjambre de hormigas asesinas, se las vaciaron en el cráneo y fue así como dos  horas después de un doloroso martirio, llamando a sus padres, falleció con el cráneo totalmente destruido, perforado y carcomido por las hormigas asesinas.

¿Será que crímenes de esta magnitud y lesa humanidad quedarán impunes, bajo el silencio cómplice y sepulcral de un proceso de paz que si bien está dando algunos resultados hay crímenes atroces que no pueden pasar desapercibidos?

¿Será que sujetos de esta calaña son dignos de ser elegidos a la máxima corporación legislativa de nuestro país; representarnos, proponiendo y aprobando leyes de la República para el bienestar moral y social de todos los colombianos?

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