Por: Aura Lucía Mera

¡Hormigas unidas jamás serán vencidas!

Mi medio natural es el agua. Podría vivir dentro de una piscina. Mi paraíso imaginario es algún lugar donde los libros, periódicos y alimentos flotaran ingrávidos y poderlos disfrutar sin salir a tierra. Esa sensación de ingravidez única no la cambio por nada. Me siento parte del cosmos. En fin.

Una mañana de sol me encontré una abeja en el agua. Intenté salvarla, pero fue inútil. Entonces la puse en la orilla. Seguí nadando y al volver a verla ya dos hormiguitas la rodeaban. Me puse a observar la secuencia.

En menos de cinco minutos, como por arte de birlibirloque, ya se habían comunicado entre ellas y un batallón de cientos la rodeaban. Arrancaban con sus patas pedacitos de alas y lo que pudieran. Se marchaban y regresaban a su labor caníbal y aséptica. Así pasó el tiempo. Cada vez que regresaba yo a la orilla del acontecimiento, el cuerpo de la abejita estaba más y más reducido.

Cuando no quedaba prácticamente nada, se juntaron como un solo batallón y alzaron entre todas lo que quedaba, dirigiéndose a su recóndito cuartel para ofrecérsela a su reina y acabársela de comer.

Me maravillé. Vi sin trucos ni montajes el perfecto ciclo o círculo de la vida. La disciplina marcial y la unión de las hormigas, que obedecen sin rebeldía ni peleas ni discusiones inútiles, obedecen, repito, al llamado de la unión para cumplir el objetivo. Saben que unidas lo logran. Saben que cada una por su cuenta jamás lo lograría. Tienen su meta clara y les importa el bien comunitario.

De paso, limpian el lugar ayudando al medio ambiente. Las admiro, pero me deprimo. Nada que ver con nosotros los humanos, que nos autoproclamamos los “reyes de la creación”, siendo en realidad la especie animal más sucia, depredadora, egoísta y ambiciosa del planeta. La maldad es monopolio nuestro. Del ser humano.

Desde que mutamos en homínidos nos fuimos llenando lenta pero inexorablemente de odios, venganzas, ansias de poder. Inventamos las armas, iniciamos las guerras. Creamos la traición, la corrupción, la mentira, el engaño, hasta tocar fondo destruyendo, arrasando con bosques, intoxicando el aire, sepultando valores, sin importarnos que millones de hermanos mueran de hambre, naufraguen tratando de buscar una vida digna, que se trafique con niños. La lista sería infinita.

Pareciera que nos hemos olvidado de que todos vamos a morir como la abeja y seremos devorados por los insectos si nos entierran, o convertidos en un puñado de cenizas. Si tenemos suerte nos esparcen en el aire o nos meten en una urna tapada que terminará llena de telarañas y polvo.

Como la abeja, no nos llevaremos nada. Opulencias, dinero, poder, traiciones y perfidias, todo se queda. Por lo menos deberíamos dejar un buen recuerdo de amor, honestidad y rectitud a los que vienen después. Unidos, hermanados y solidarios como las hormigas. ¡Tendríamos un mundo mejor!

Posdata. Cada día creo más que llevamos en los genes la señal de Caín. ¿En qué momento de la evolución perdimos la inocencia?

Le puede interesar: "El Amazonas se quema y todos tenemos la culpa"

877908

2019-08-26T00:00:00-05:00

column

2019-08-27T20:09:44-05:00

[email protected]

none

¡Hormigas unidas jamás serán vencidas!

41

3479

3520

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Aura Lucía Mera

¡Los padres del odio!

¿Tocar fondo?

No más “Me Too”

Cada tres segundos

¿A qué jugamos?