Por: Santiago Gamboa

Houellebecq: 'El mapa y el territorio'

Con Michel Houellebecq uno ya sabe que habrá costras levantadas y que alguien, un misterioso y muy elegante narrador, meterá la nariz en la realidad de forma incómoda, escalpelo en mano, y que al revelarnos su versión, su desnuda puesta en escena, acabará por salpicarnos de algo que puede ser fétido, proveniente de los más complejos charcos de lo humano, o su contrario: de las refinadas galerías parisinas en las que Jed Martin, el protagonista de esta grandiosa novela, realiza su ascendente carrera artística, desde su primera muestra, “Homenaje al trabajo humano”, hasta su consagración y llegada a la cima, con lo que la crítica dio en juzgar “una reflexión fría, distanciada, sobre el estado del mundo”.

A medida que avanza la vida de Jed, en una narración sobria en la que aparece como personaje el propio escritor Michel Houellebecq y su amigo Fréderic Beigbeder (“una especie de Sartre de la década de 2010”), se habla de la relación del hombre con el trabajo y la productividad, y en general sobre los oficios de toda índole, tema de sus cuadros más famosos: “Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática”, o “Damien Hirst y Jeff Koons repartiéndose el mercado del arte”. Se habla sobre la vida y por supuesto sobre arte: “La cuestión de la belleza es secundaria en la pintura”, afirma el narrador.

La Europa de hoy y de un futuro no muy lejano es expuesta con cierta melancolía: las costumbres veraniegas, los vuelos low cost, la soledad y el tedio, la filosofía gastronómica de los restaurantes de moda, la capacidad matemática de los cerdos, las relaciones del arte con la prensa, las aguas minerales noruegas o la solitaria condición del artista, alguien “sometido a mensajes misteriosos, imprevisibles”.

Houellebecq, calificado de misógino, racista y de hacer apología del turismo sexual (en libros como Plataforma o La posibilidad de una isla), muy pronto saca su armamento y le hace decir a su narrador: “Las mujeres de carnes exageradas sólo interesaban ya a algunos africanos y algunos perversos”. Marylin, su jefa de prensa, viste con prendas que le dan “un falso aspecto de lesbiana intelectual”, y al regresar de sus vacaciones en Jamaica le dice a Jed: “He follado súper bien”. El propio Houellebecq personaje informa de que desde abril a fines de agosto se va a Tailandia, época en que los burdeles funcionan a medio gas pero “las prestaciones siguen siendo excelentes o muy buenas”.

En la tercera parte ocurre un hecho insólito que le da un vuelco a la historia, convirtiéndola en un apasionante thriller. Una peripecia descomunal y aterradora que podría lesionar cualquier otro libro por exceso de carga, pero no este, pues la verdad es que Houellebecq, ya es hora de decirlo, es de lejos el mejor escritor francés de hoy (seguido por Jean Echenoz, Virginie Despentes y Pierre Michon) y uno de los tres o cuatro mejores de Europa (¿Marías, Amis, Vila-Matas?), y esta novela, El mapa y el territorio, uno de los libros más complejos, ricos, estimulantes y totalizadores de los últimos tiempos, que emparenta a Houellebecq con los grandes heterodoxos franceses y lo proyecta hacia el futuro, interrogando el porvenir de un modo lúcido y avasallador.

 

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