Por: Armando Montenegro

Hoy como ayer

NUMEROSOS ASPECTOS DE LA ESTUpenda biografía de Cleopatra, escrita por Stacy Shiff, adquieren una gran actualidad cuando se los confronta con algunas de las principales noticias internacionales de las últimas semanas.

La fría y conflictiva relación entre Cleopatra y Herodes, cuyos reinos, a pesar de una larga historia de rivalidad, eran satélites y colaboradores del imperio romano en el primer siglo antes de Cristo, recuerda el rol de Mubarak y Netanyahu (y, antes, el de Sadat y Begin), aliados dentro de la órbita de la política exterior de Estados Unidos, a partir de los acuerdos de Camp David en 1978.

 Y existe una notable semejanza entre el papel de Egipto, después de su reconocimiento del Estado de Israel, como moderador de una serie de países árabes, y el que jugaba en la época de los Ptolomeos como un aliado valioso de Roma en sus intentos de contener y controlar a distintos pueblos asiáticos.

 Y las vergonzosas derrotas de Marco Antonio y Craso en su lucha contra los partos, señores de los territorios que hoy ocupan Irán e Irak, traen a la memoria el desgaste económico y político causado por las recientes aventuras de Estados Unidos en Irak y Afganistán. Para esos y otros propósitos, Julio César y Octavio desempeñaban, guardadas las proporciones y distancias, el papel de Bush y Obama.

  La declaración de guerra de Octavio a Cleopatra en 32 A.C.  –una emperatriz cuya dinastía había cooperado con los romanos por muchas décadas y quien había sido la madre de hijos de Julio César y Marco Antonio–, recuerda que en días pasados Estados Unidos propició la caída de algunos de sus antiguos aliados en el Mediterráneo y el Medio Oriente, entre ellos, los líderes de Egipto, Yemen y Libia (Gadafi fue su colaborador en los últimos años).

La reciente muerte de Elizabeth Taylor, además, nos hace recordar su horroroso culebrón sobre la reina de Egipto, en el peor estilo del Hollywood,  en el cual, de acuerdo con el criterio de los historiadores, se pusieron de presente todos los mitos y deformaciones sobre su vida, entre ellas su supuesta muerte por un áspid. Shiff nos advierte que si Cleopatra murió envenenada, con seguridad, no fue por la mordedura de una víbora, y mucho menos en el seno, un invento de Shakespeare. No descarta, al igual que varios analistas, la hipótesis de que fue asesinada por orden de Octavio.

 Nos recuerda también que la demonización de Cleopatra es fruto de un viejo temor a las mujeres inteligentes, con poder y belleza, a quienes con frecuencia se las sindica de malvadas, capaces de atrevidas proezas sexuales, dotadas de oscuros poderes mágicos. Señala que, de acuerdo con esa forma de pensar, el cuento de la culebra adquiere sentido: muchas veces, las calamidades ocurren precisamente cuando personajes femeninos como  Eva, Electra y Medea se asocian con la serpiente.

 Shiff plantea que la imagen que nos llegó de Cleopatra fue creada por un puñado de historiadores, todos hombres, no sólo con desdén y temor por una mujer atractiva y poderosa, sino con la agenda de escribir la historia oficial para el halago de los vencedores. En esas obras, casi sin excepción, se soslayó la inteligencia, la cultura y la astucia de esta emperatriz.

A pesar de tantas semejanzas entre lo antiguo y lo moderno, es casi imposible hallar en la política reciente un personaje femenino de esta magnitud.

 

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