Por: Columnista invitado

Huele a rico

Los perros de celadores y las mascotas de la clase media les ladran frenéticamente a los habitantes de calle. Tal vez porque por inercia se educan para la discriminación o porque, de hecho, la indigencia les inspira peligro.

Por: Alberto López de Mesa

Al contrario, mi perro, un chandoso con remoto ancestro de labrador al que por su aspecto bauticé Runcio, sólo les ladra a personas del estrato seis para arriba. Tiene que oler que el tipo o la tipa cargue en su cartera una American Express Gold o la platino del Citi Bank, y que en efecto tenga más de un millón de dólares en su cuenta para que mi noble Runcio se desgañite ladrando. Su olfato, en verdad, es fino para percibir a la distancia al verdaderamente rico.

Qué día que pasábamos por la carrera 13, vi salir de las oficinas de Ecopetrol a un fulano que lucía en el bolsillo del saco un estilógrafo Montblanc, mocasines Lacoste, jean Diesel: el casting perfecto de un yupi bien remunerado, pero sorprendentemente Runcio no le ladró. Pensé que mi perro había perdido el fino olfato, hasta que vi al man entrando a un cajero del Banco Caja Social y entendí que a mi perro no lo engaña el arribismo de los que son capaces de endeudar todo su sueldo por aparentar. Ese mismo día Runcio le ladró a una pelada divina que se bajó de un Bugatti Veyron de última generación, a quien se le olía la plata en su carro y en su pinta.

Runcio se la tiene montada a un tipo que nos hemos topado en las mañanas bajando del barrio Los Rosales, donde averigüé que vive solo en el penthouse de un edificio exclusivo sobre la subida a La Calera. Siempre baja en un carro distinto y último modelo, ora un Jaguar, ora un Ferrari, ora un BMW. Cada vez que Runcio lo divisa me deja y se lanza con ira sobre las ruedas del vehículo. Qué día lo vimos de a pie, salió con un pastor irlandés, ambos glamurosos. Él, vestido de domingo en la mañana como un golfista, paseando a su can de collar con broches plateados. Tuve que agarrar a mi Runcio antes de que se le fuera encima. Pensé, ¿cómo reconoce que el fulano tiene plata? Al rato se asomaron dos macancanes con gafas oscuras. Obvio: sus guardaespaldas.

El perro del tipo se arqueó e hizo su deposición en la mitad del parquecito. Runcio ladró y ladró con ira. Creo que ambos pensamos que ese tipo y su perro creen que por tener plata se pueden cagar en donde les dé la gana.

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