Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Hugo, Horacio y Luis

En una reciente entrevista, Hugo Aguilar afirmó que es víctima de un complot: “El montaje viene desde un problema que se inició cuando yo derroté a esa hegemonía que había en Santander. Hugo Serrano y Horacio Serpa... fueron los que me hicieron meter preso, me hicieron inhabilitar de su consuegro, el procurador Ordóñez”.

Es cierto que durante los ochenta y noventa hubo en Santander una hegemonía bipartidista. Una coreografía de disidencias internas y pactos burocráticos.

También es cierto que Aguilar la retó. Aunque no fue precisamente él, sino Luis A. Gil, quién creó Convergencia Ciudadana en 1997. Para entonces muchos líderes de ambos partidos eran investigados por corrupción (los liberales por el proceso 8.000) y por patrocinar paramilitares. El discurso antibipartidismo de Gil y Aguilar, que invitaba a la renovación política y denunciaba el clientelismo, caló en el departamento.

Sin embargo, no hubo ningún montaje. Pese a ser la “alternativa”, Convergencia acabó aliándose con el bloque Central Bolívar, desplegando una carrera de victorias electorales y económicas. En el caso de Aguilar, no fue un testigo el que confirmó sus negocios con paras, fueron 13. Ni fue la Procuraduría la que orquestó su caída, pues el último fallo lo emitió la Corte Suprema.

El exgobernador no es tampoco el perdedor de esta historia. De hecho, todos salieron ganando. Los representantes de la llamada hegemonía bipartidista (Ordóñez, Serpa) tienen hoy poder a nivel nacional. Y al final del día a Convergencia, con o sin sentencias, le quedó Santander. Un hijo de Aguilar es el gobernador, otro es cuota santandereana en el Senado, donde también está Doris, esposa de Gil. Este último ya está libre y haciendo política.

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