Por: Gustavo Páez Escobar

Hugolatría

En China se inculcaba en los niños la veneración de Mao como una deidad que gobernaba la existencia. La gente repetía ese nombre con respeto y embeleso, como si se tratara de un ser sobrenatural.

Este tributo obsesivo a Mao, impulsado por él mismo, ha sido uno de los mayores cultos a la personalidad que han enajenado la mente colectiva de un país.

El caso del presidente Chávez en Venezuela no es el mismo de Mao, pero guarda alguna similitud. Llegó al poder con la fuerza de su atractiva personalidad y con la promesa de restituirle al pueblo los beneficios sociales que durante mucho tiempo le había desconocido la tradicional clase política. Tradujo sus palabras en hechos reales, mediante una serie de medidas económicas que aliviaron, sin duda, la suerte de las clases desprotegidas. Magnífico que esto haya ocurrido.

Venezuela gozaba de una situación privilegiada gracias a su prosperidad petrolera. Esa bonanza le dio solidez a un gobierno rico que podía sin mayor esfuerzo mitigar las penurias populares. Tanta era la abundancia petrolera, que esta comenzó a canalizarse hacia otros países aliados con Chávez bajo el rótulo de socialistas, los cuales pasaban por malos momentos económicos. Al paso de los años, el apoyo a esas naciones, al tiempo que contribuía a enderezar las finanzas ajenas, desquiciaba las del país benefactor.

A este cuadro se sumaban los desaciertos de Chávez en el manejo de las finanzas públicas. Su soberana voluntad expropiaba empresas, ahuyentaba la inversión extranjera, desestimulaba la iniciativa privada, atropellaba los terrenos de la producción, como la empresa estatal PDVSA, que disminuyó sus cifras a niveles alarmantes. Esto era ajeno a la percepción de los pobres, ya que ellos gozaban de los frutos que, a pesar de la postración financiera del país, recibían sin interrupción e incluso con creces.

Por encima de todo, para el pueblo estaba la figura mágica de Chávez, un dios todopoderoso. Claro que lo era, pero a costa del colapso económico a que ha llegado Venezuela, con su inflación incontenible, el desajuste alocado de su moneda, el agudo receso industrial que ha desembocado en el desabastecimiento de los bienes básicos de la canasta familiar. Esto para no hablar de la ola de corrupción que se vive en la vida pública y de la inseguridad que sacude al país, sobre todo a su capital, donde se registra una de las tasas más altas de asesinatos del mundo.

Desde que Chávez entró en la etapa terminal de su existencia, el culto a su personalidad se desbordó. La masa lo proclama no solo como el segundo Bolívar, título que él mismo se arrogó, sino como un santo. Muchos le prenden velas. Su retórica populista y caudillista le permitió poner el Estado a su servicio, y así mismo destruirlo. Esto no lo ve la gente idólatra del líder. La historia pasará su cuenta de cobro. Pero no la historia de estos días, ya que medio pueblo venezolano anda obnubilado tras la figura mítica de su ídolo.

Hasta el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, manifestó no tener dudas “de que Chávez –a quien cataloga de mártir– iba a regresar junto con toda la gente piadosa, su alteza sagrada Jesucristo y quien representa a toda la santidad, el hombre perfecto” (se refiere al imán Mahdi, que según la creencia regresará para salvar a la sociedad).

Lisandro Duque Naranjo transcribe en su columna de El Espectador esta frase de un comentarista radial, que escuchó en Guadalajara: “Esas camisas rojas de los que lloran en Caracas son iguales a las que se ponían las multitudes enajenadas por Mussolini, solo que las de estas eran de color pardo”. En cualquier forma, y esto es irremediable en el caso de los caudillos mesiánicos que alcanzan tanta popularidad y veneración como Chávez, tras sus ejecutorias llega el mito. Fenómeno curioso, por cierto.

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