Por: Gustavo Páez Escobar

Humberto de la Calle y la paz

En tono categórico, Humberto de la Calle refutó la aseveración del expresidente Uribe en el sentido de que la Jurisdicción Especial para la Paz demostraba, al impedir la extradición de Santrich, que en los acuerdos de La Habana se había pactado un cogobierno con el narcotráfico. Muy grave este comunicado del Centro Democrático, leído por el propio Uribe, y muy explosiva la acusación, tratándose de una sentencia que era apelable, como en efecto lo fue por la Procuraduría General de la Nación.

La censura del expresidente puso en tela de juicio el papel ejercido por el equipo negociador del Gobierno bajo la jefatura de Humberto de la Calle. En tal condición, De la Calle salió en defensa de los acuerdos y le dijo a Uribe que sus palabras “no solo son falsas, sino que utiliza un lenguaje incendiario que parece destinado a volver invivible la república”.

Y le hizo ver que ante la falta de pruebas para determinar si el delito imputado a Santrich fue anterior o posterior a la firma del acuerdo, la JEP carecía de razón jurídica para autorizar su extradición, y este acto no la debilitaba. Hechos nuevos han surgido después de la providencia, los que serán evaluados en el tramo judicial que falta por recorrerse. Mientras tanto, la JEP, tan atacada por Uribe y sus seguidores, conserva el carácter respetable para el que fue creada.

Colombia vive una de las mayores encrucijadas de la historia. Dos fuerzas se disputan el predominio de la vida nacional, y cada una lanza y recibe dardos de mayor o menor contundencia. La polarización del país es el mayor detonante del desajuste que impera en todos los ámbitos. Se necesita un gran viraje. Se echan de menos líderes superiores para salvarnos de la hecatombe.

He leído con mucho interés el libro Revelaciones al final de una guerra, de Humberto de la Calle. Es el testimonio serio, veraz, patriótico, a la vez que ameno y didáctico, de quien en busca de la paz nacional alteró su propio sosiego y el de su familia, e incluso su bienestar profesional, para buscar los caminos del diálogo que los enemigos de la sociedad se empeñan en mantener obstruidos.

Este diario de La Habana –como puede llamarse– cuenta al detalle muchos de los episodios ignorados que fueron surgiendo bajo el fragor de las discusiones, y enseña cuán difícil es la vida pacífica del hombre. Se trataba de salir de medio siglo de violencia fratricida que había dejado más de ocho millones de víctimas, 220.000 muertos y tragedias insondables.

El primer capítulo del libro tiene este título por demás elocuente: “No hay violencia buena”. Puede suponerse que hasta los propios guerrilleros de las Farc se convencieron de esta verdad patética. Y accedieron a la dejación de las armas. De la Calle es un gran pacifista. De este carácter ya había dado muestras en anteriores ocasiones. Y no abandona su vocación conciliadora. Dice al final de su libro: “La verdadera paz está allí, en el seno mismo de la sociedad. Quienes propendemos por el logro de una paz firme tenemos que continuar la marcha”.

Lo que vino después es el capítulo borrascoso que hoy agita al país. La implementación de los acuerdos, fórmula para la que el camino ya estaba allanado, se volvió una batalla campal, un callejón sin salida, una guerra entre hermanos. La sinrazón quiere imponerse sobre la sensatez. Pero hay que derribar los estorbos. Hay que derrotar a los eternos depredadores de la paz.

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