Por: Piedad Bonnett

Humor, civilización y barbarie

Como bien se sabe, detrás del humor se oculta siempre algo profundamente serio. Y eso fue lo que supieron ver, aunque chatamente, los islamistas que perpetraron la atroz masacre de Charlie Hebdo, el semanario francés.

El filósofo Henri Bergson, en un ensayo célebre, afirmó que la risa debe tener siempre una significación social. Y es que hasta el humor chabacano, el sexista o el racista, develan el alma de una sociedad, sus prejuicios y sus miedos. El otro, el humor más refinado, es un ejercicio intelectual que permite ver la realidad con distancia, relativizar la idea de verdad y desacralizar todo desde un escepticismo burlón. El humor, en general, no deja títere con cabeza, ni admite el sentimentalismo: es impiadoso. Por eso es subversivo, un arma de combate con gran poder político, que desarma al contendor a punta de inteligencia. Y que por radical que sea —como el de Charlie Hebdo—, se propone siempre desde la subjetividad, no como una verdad general.

El humor —y con él la ironía y el ingenio— es, como han señalado algunos, un producto de la sociedad moderna. ¿Por qué? Porque es cuando nace el pensamiento científico y la razón crítica —en el XVII— y Occidente se empieza a desprender de la creencia en verdades absolutas o reveladas, que despliega su verdadero rostro. Es el mismo momento en que aparecen tanto El Quijote como lo que Octavio Paz llama “el espíritu laico o la neutralidad”. Ese mismo autor afirma: “El pensamiento moderno (…) ve en la razón crítica su fundamento. A las creaciones de la religión opone las construcciones de la razón”.

Eso lo explica todo. En primer lugar, que el fundamentalismo religioso —un anacronismo— no soporte el humor cuando toca sus símbolos sagrados, porque su interpretación del mundo exclusivamente religiosa le hace pensar, más allá de toda lógica y desde una intolerancia total, que se justifica matar en nombre de una fe que no admite otras. Y en segundo lugar, que el golpe brutal lo hayan dado en Francia, el país de Descartes y de los derechos humanos, y de una revolución que se hizo en nombre de la razón y propuso que todos los hombres somos iguales. En un país que, fiel a esos valores, predica que acepta la multiculturalidad, a gentes de todas las religiones y procedencias.

La paradoja es, pues, que los homicidas sean musulmanes franceses, algo que nos tienta a pensar en “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Pero la realidad es más compleja y, como dijo el célebre abogado Robert Badinter, partidario de abolir la pena de muerte: “este atentado no es solamente una masacre, sino una trampa”. Esta consistiría en la tentación de la xenofobia y la discriminación. Les corresponde, pues, a los franceses —y al mundo entero— no caer en ella: porque una cosa es ser musulmán y otra yihadista o miembro del EI. Pero es hora de hacerse preguntas: ¿Qué está llevando a tantos jóvenes europeos a engrosar las filas de estos fanáticos? ¿Qué hace que musulmanes franceses ataquen así los cimientos de su propio país? ¿Cómo se explica tanto odio? En todo caso, la barbarie está adentro y habrá que encontrar cómo derrotarla sin resquebrajar los valores de la civilización.

537245

2015-01-10T21:00:16-05:00

column

2015-01-10T21:05:57-05:00

ee-admin

none

Humor, civilización y barbarie

31

3267

3298

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Piedad Bonnett

Otra mancha

Dinastía

La extinción de lo propio

El grito

Hablemos de pertinencia