Reincorporación y reconciliación, los dos temas claves a un año del acuerdo de paz con las Farc

hace 3 horas
Por: Piedad Bonnett

Huy, qué ruido

USTED ESTÁ EN UN CONSULTORIO médico. A su alrededor, esperando su turno, puede haber diez o veinte personas. Muy seguramente algunos niños que revolotean y de vez en cuando gritan. O a lo mejor no. A lo mejor, cada paciente —qué buen nombre— espera, silencioso, con su radiografía o sus exámenes en la mano, o sólo su dolor, su síntoma, muy seguramente su preocupación.

¿Y qué se les ha ocurrido poner en esa sala, para entretener los nervios? Pues lo que ahora parece obvio: un televisor donde un presentador mañanero grita y un público aplaude, o una telenovela de media tarde donde un par de mujeres se pelean por un hombre, o un noticiero eterno, atravesado por todo tipo de comerciales. (¿Alguien ha visto alguna vez que en esos televisores se transmita, al menos, un concierto que transporte el espíritu?).

Es el mismo televisor que nos persigue por todas partes. El que está en las salas de los aeropuertos, incluidas las exclusivas VIP, a pesar de que en ellas el montón de ejecutivos que le sacan partido a su tiempo de entrevuelos trabajando en sus computadores añorarían un poco de silencio. Mientras ellos tratan de sumergirse en sus páginas de Excel o en sus documentos, mientras algún excéntrico abre un libro o lee en su Kindle, una animadora muy entusiasta puede estar dando instrucciones a todo pulmón en un patético programa de concurso, como me tocó ver no hace mucho. En la cafetería, en el restaurante, en la tienda, en la peluquería, en todo lugar que pisemos, hay un televisor encendido. Todo el mundo lo mira, como alelado, quiera o no quiera. Si tiene volumen, éste entorpecerá cualquier conversación o cualquier ensoñación o cualquier lectura. Si no tiene, que extrañamente también sucede, el obligado televidente tratará inútilmente de descifrar qué pasa, en situación que linda con el absurdo.

Ruido, ruido, ruido. Toma usted un taxi, y muy seguramente tendrá que aguantar la canción de turno, casi seguramente un vallenato, entremezclado con la voz automática y vertiginosa de la operadora. O a los comentaristas de la radio hablando de todo lo que se les viene a la cabeza y riéndose como si estuvieran en la sala de la casa. Y ni se diga lo que sucede con los celulares: el avión no ha terminado de aterrizar cuando ya hay cuatro o cinco personas hablando a grito herido y dando cuenta de negocios, planes inmediatos o manifestando afectos sin el más mínimo pudor. Y no se traslade usted a cualquier municipio: en casi todos encontrará megáfonos por los que el cura invita a misa y carros que transitan con música a todo volumen y locales que no tienen problema en hacer partícipe de la rumba a todo el vecindario.

Vivimos, tristemente, inmersos en un eterno parloteo, el mismo que se ha apoderado de las redes, exhibicionistas y faranduleras. En una sociedad que parece temerle al silencio, que no lo cuida, no lo regula, no lo respeta. Cuando hay tanto ruido ya nada se puede oír, pero sobre todo, ya no nos podemos oír a nosotros mismos. Ni reconocer lo fecundo de la soledad, “esa gran talladora del espíritu”, como la llamó García Lorca.

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