Por: Julio Carrizosa Umaña

Ideas y ecosistemas

“El problema de la paz no es un asunto de ecosistema”, me comenta un lector amable y culto.

Me imagino que muchos colombianos piensan lo mismo a pesar de que el clima, el agua, los suelos, las pendientes, la fauna —sobre todo los insectos y reptiles—, la presencia de árboles y flores y los paisajes enteros motivan muchas de sus decisiones; para ellos el concepto de ecosistema no es importante en sus vidas, las características físicas, químicas y biológicas del lugar en que viven son ajenas a lo que les pasa.

Son varias las razones detrás de esa posición de negación de lo que no es humano; las principales emergen de las posiciones dominantes de algunos modelos simplificados de pensamiento económico, tanto en la derecha como en la izquierda. En estos modelos, me refiero al neoliberalismo y al marxismo-leninismo, el espacio físico en donde se realizan los procesos económicos no influye significativamente en los resultados de esos procesos. Algún difusor y propagandista del consenso de Washington llegó a afirmar que el planeta era plano; Marx en su juventud se interesó en la definición unitaria de hombre y naturaleza, pero en los manuales marxistas posteriores esa consideración dejó de ser importante y de ahí es posible que haya surgido la ilusión de hacer la revolución en cualquier lugar del planeta.

Al iniciarse el siglo XX esas posiciones se hicieron más extremas debido al enfrentamiento de ambas corriente economicistas con las ideas de políticos, geógrafos, médicos y antropólogos derechistas que impulsaban el concepto de “determinismo geográfico” y las políticas racistas. En Colombia esas ideas, también simplificantes, tuvieron el apoyo de Laureano Gómez, quien en una serie de conferencias propuso que el clima y la raza eran determinantes de la debilidad económica del país; en el liberalismo Luis López de Mesa también se aproximó a esas ideas y propuso incitar la inmigración de europeos no judíos.

La serie de tragedias mundiales resultante de la aplicación de estas ideas en la Alemania nazi hizo prácticamente imposible que cualquier intelectual respetado se refiriera a ellas después del fin de la Segunda Guerra Mundial. La consideración de los problemas causados por las limitaciones de los trópicos desapareció y fue reemplazada primero por la confianza en que el “desarrollo” era posible en cualquier país; segundo, por la renovación, casi ilimitada, de la confianza en el mercado, y tercero, por la reaparición de las ilusiones de revolución y socialismo. Esas tres simplificaciones de la realidad apoyan hoy las discusiones en La Habana.

 

* Julio Carrizosa Umaña

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