Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Identidades, intelectuales, inconsistencias

EL PASADO DOMINGO, ALEJANDRO Gaviria criticó severamente a Daniel Samper por decir que el fusilamiento del hipopótamo Pepe era una “solución típicamente colombiana”.

Lo de Samper, dice Gaviria, es sólo un ejemplo de cómo operan los “intelectuales literarios”. Con base en un único episodio —explica— proponen “teorías simplificadas de la realidad”: las élites son egoístas, etc. Al parecer Gaviria no se dio cuenta de que estaba incurriendo exactamente en el mismo vicio que quería criticar (construir una gran generalización sobre el proceder de los intelectuales a partir de un caso que considera típico). Pero su debate toca un punto sensible, que en estas fechas inevitablemente ha vuelto a la superficie: la tensión entre la celebración ingenua y kitsch de la nacionalidad (“los buenos somos más”) y la fracasomanía (con esta expresión describe Hirschman la tendencia de ciertos analistas a narrar su propia historia como una cadena continua de engaños, robos y asesinatos).

Ciertamente, nuestra fracasomanía, tanto en la versión plebeya como en la más autorreflexiva, tiene buen cartel. La revista Soho —vale, todos tenemos que peluquearnos— celebró la Independencia con una sección dedicada a la “colombianada”: si interpreté bien, es la tendencia a mentir o a hacer trampa sin necesidad. Simultáneamente, en otro tono y desde otro flanco, María Jimena Duzán atacaba a los intelectuales colombianos por la catástrofe que representa, en términos de integridad, la Comisión Nacional de Reparación. Creo que sus observaciones son serias, concuerdo con buena parte de ellas, y pienso que darían para un importante debate; ¿pero no son los numerosos críticos de la Comisión, incluida María Jimena, también intelectuales? Estos últimos, sin embargo, sólo pocas veces son el objeto de la reflexión fracasomaníaca: es más frecuente verlos como sus autores.

La versión más popular de la fracasomanía es el culturalismo. Hay ya en el país una pequeña industria casera para explicar “por qué somos así”: violentos, intransigentes, mentirosos. Me imagino que esto no es tan reciente, y de hecho es claro que no está limitado a un solo grupo: ¿se acuerdan del “país de cafres” de Darío Echandía? Pero da mala espina: el culturalismo es uno de los campos más fértiles para la teorización fatua y la generalización abusiva. Aún así, no descartaría del todo algunas de sus observaciones, por la sencilla razón de que a veces se las puede dotar de mecanismos explicativos simples y sólidos. ¿Ejemplos?: a) De pronto aquí sí hay un nivel de desconfianza interpersonal mayor que en otras partes. Para ver por qué esto es así no se necesita acudir a especulaciones fantasiosas, sino notar que después de décadas de altos niveles de violencia y criminalización la desconfianza hace parte de un equilibrio de expectativas mutuas. b) Si desde los gobiernos se tiende un manto de impunidad sobre los asesinos, los nuevos potenciales matones tendrán una señal pública de que pueden salirse con la suya: y esto, claro, es susceptible de generar una tradición, y la continuidad de determinadas prácticas.

¿La moraleja? Si la hay, es que en punto a identidad casi nunca tendremos casos cerrados, sino más bien juegos de espejos.

 

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