Por: Columnista invitado EE

Idiotez, intelectualidad y fútbol

Por: Farouk Caballero (@faroukcaballero)

Colombia es masacrada. Cuando pensamos que la horrible noche había terminado, volvió violentamente para matar compatriotas. Además, los corruptos sesionaron para protegerse entre ellos y mantener el beneficio de casa por cárcel. Todo, mientras el balón rodaba en Brasil y la Selección Colombia nos entregaba alegrías que, por pasajeras, no dejan de ser relevantes.

Las voces se alzaron. Los más radicales que detestan el fútbol, bien porque no lo entienden o bien porque siempre lo han considerado indigno y plebeyo, incendiaron las redes sociales y volvieron a la vieja usanza romana de señalar el pan y el circo como distracción. En la ciudad de Romo, Rémulo, Batistuta y Totti se entretenía al pueblo para que menguara sus ánimos revolucionarios. Hoy, en nuestra patria, que volvió a la sangre gracias a un gobierno débil y a un presidente que no ejerce su cargo, quieren tildar al fútbol de entretenimiento maquiavélico que desvía la atención de los temas trascendentales y permite que sigan las masacres de leyes y de colombianos.

Los que satanizan el fútbol suelen citar a ese extraordinario escritor que le negó todas las oportunidades al deporte que le enseñó al mundo dónde quedaba Villa Fiorito: Jorge Luis Borges. Basados en la pluma borgeana, los enemigos del Pibe, de James y de Falcao, recuerdan que el intelectual sostuvo: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”.

El genio argentino de las letras detestaba el fútbol. Por eso reprendió a sus inventores, por el mal que, según su pensamiento, le habían hecho a la humanidad: “Qué raro que no censuren a Inglaterra su mayor pecado: la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol”. Borges murió en Ginebra un sábado 14 de junio de 1986. Vaya que el fútbol es caprichoso.

El Aleph y El Diego

Ocho días después, en Ciudad de México, el “Dios de los pies pequeños”, como el escritor mexicano Juan Villoro rebautizó a Diego Armando Maradona, les ganó la batalla a los ingleses. 114.580 espectadores palpitaron el encuentro por cuartos de final en el majestuoso Estadio Azteca de la Ciudad de México. Seguro, desde el Olimpo de los escritores, Borges debió soltar al menos una sonrisa irónica. El creador de la memoria de Funes censuraba al fútbol, pero odiaba mucho más a la guerra y a los militares que mandaban a los soldados a morir.

La Argentina de Maradona hizo justicia futbolera después de la matanza de las Malvinas. Colgado en una ventana, el escritor Eduardo Sacheri gritó por la victoria. Estaba en la casa de sus suegros, visitando a su novia ese mítico domingo 22 de junio de 1986. La novia, hoy esposa, estaba, como el mismo Sacheri lo escribió, “más buena que el flan con dulce de leche”. Años después, el autor de La pregunta de sus ojos recordaría la tarde en la que el fútbol consoló a los argentinos. Así lo describió: “el terror de que fueran los ingleses los que nos dejaran afuera nos ponía al borde del pánico. Por supuesto que ganar ese partido, o ganar el Mundial, no iba a arreglar el dolor enorme de Malvinas, y todos esos chicos muertos. Pero perder ese partido, perderlo con ellos, volvería todo más cruel, más amargo, más injusto. A mí nunca me ha gustado mezclar la política y la nación con el deporte, pero en ese caso, en ese año, después de todo lo que habíamos sufrido, yo sentía que el domingo 22 era una frontera definitiva”.

Fue definitiva. Los soldados masacrados no se levantaron, pero el fútbol entregó un bálsamo que quizá no alcance para curar ninguna pena por las muertes, pero que de una u otra forma hizo justicia: “Yo le debo al Diego muchas cosas. La principal son esos goles a Inglaterra […] por lo que esos goles fueron y seguirán siendo para los argentinos”, así sentenció Sacheri la importancia simbólica del triunfo futbolero.   

Por lo anterior, vuelvo a Colombia y me dirijo a los queridos radicales anacrónicos, para decirles que los futboleros no desconocemos la realidad del país. Los futboleros nos sentamos frente al televisor a disfrutar de 90 minutos con la única esperanza de gozar de una ilusión que nos permita dejar de sufrir por nuestra violencia. Los futboleros no somos indolentes. Nos duele María del Pilar Hurtado y su familia. Nos duele Tatiana Paola Posso y su familia. Nos duelen los líderes sociales y comunales. Nos duelen las familias de esos líderes. Nos duelen las votaciones que siguen eligiendo congresos corruptos. Nos duele la indolencia del colombiano que no entiende que los paramilitares, militares, policías, guerrilleros y campesinos que mueren en la guerra tienen un rasgo en común: son colombianos pobres.

Nos duele nuestra patria, pero el fútbol nos permite sobrevivir. Seguro son victorias e ilusiones momentáneas, pero no queremos más. No le pedimos más al fútbol, solo que nos ayude a sobrellevar la carga de un país que se desangra. El fútbol no es culpable de los desastres que vivimos como nación. Por eso, siguiendo al confeso consumidor del opio de los pueblos, Eduardo Galeano, traigo a colación estas palabras para hondear la bandera necesaria del fútbol, sobre todo en suelos tan golpeados como los de Nuestra América: “Me gusta el fútbol, sí, la guerra y la fiesta del fútbol, y me gusta compartir euforias y tristezas en las tribunas con millares de personas que no conozco y con las que me identifico fugazmente en la pasión de un domingo de tarde. ¿Desahogo de una agresividad reprimida en el curso de la semana? ¿Merece un sillón el psicoanalista? ¿O bien se ha sumado uno a las fuerzas de la contrarrevolución? Los hinchas somos inocentes. Inocentes, incluso, de las porquerías del profesionalismo, la compra y la venta de los hombres y las emociones”.

De esta forma, el inmortal Galeano nos invita a reflexionar para saber que amar el fútbol jamás es darle la espalda a los que sufren. Hoy, martes 9 de julio, ya no tenemos Copa América y lo doloroso de nuestra realidad no se esfumó, solo tuvimos unos pequeños momentos de felicidad que nos sirven para recargar baterías y seguir en batalla por todos los que sufren. Por aquellos que cometieron la osadía de nacer en uno de los países más desiguales del mundo: Colombia.

Para ellos, principalmente, van dedicados todos los triunfos de la Tricolor. Porque el fútbol no excluye. Una atajada de Ospina o un golazo de James son un disfrute para todos los colombianos, para los que pagaron por estar en las tribunas o para los que están detrás del radio o del televisor. Será que es eso lo que les incomoda a los radicales, que el pueblo festeje por igual lo que ellos quieren privatizar. Entiendan, señores, que el fútbol es revolucionario porque es democrático y el balón rueda igual para todos sin reparar en estratos sociales. Sepan que lucharemos siempre por el derecho de gritar: ¡Gol!

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