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“¿Quién es ese señor?”, pregunta la niña tomada de la mano de su padre mientras pasan bajo la mirada fija y adusta de la estatua de Fulano de Tal.

“Ese es Fulano de Tal y le hicieron esa estatua porque…”. El padre le explica lo mejor que puede a su pequeña las razones por las cuales, para la sociedad en la que viven y en el momento histórico en el que están, es importante conservar un recuerdo relacionado con aquel hombre representado en la estatua; un recuerdo tan importante para aquella sociedad que amerita transmitirlo de generación en generación pues parte de la memoria materializada en la estatua se ha transformado en un pedazo de la comunidad que la erigió. Los valores e ideales que dicha sociedad destaca para sí se hallan en la historia de Fulano de Tal que aquel hombre le cuenta a su hija.

Pero el padre no relata los pormenores de la vida de Fulano de Tal pues o no conoce la minucia biográfica, que es lo más probable, o simplemente narra lo relevante para que su pequeña sienta que es parte de algo grande y profundo representado en Fulano de Tal.

Sin embargo, Fulano de Tal fue una persona llena de contradicciones como todas las demás: con virtudes para destacar, como aquellas por las cuales fue exaltado e inmortalizado, así como con defectos y vicios, como todos nosotros. Ser humano es en esencia ser contradictorio y vivir es precisamente un constante balancear aquellas contradicciones: es la apuesta por discernir adecuadamente de entre las múltiples pulsiones que a diario nos generan conflicto y entre las que constantemente nos debatimos, sin tomar siempre la decisión más acertada. No hay seres humanos ciento por ciento diáfanos en su actuar. El hombre más santo también peca y es por eso que los monumentos relacionados con héroes deben sólo ser considerados desde el matiz de su humanidad por el cual se decidió inmortalizar su nombre.

La escena alrededor de la estatua de Fulano de Tal es un lugar común para muchas culturas iconódulas (aquellas para las cuales es importante el valor simbólico de las imágenes) alrededor del mundo. Los monumentos tienen el propósito de transmitir la historia y ayudar a formar la identidad de una nación. Las estatuas públicas buscan irradiar los valores sociales que se desprenden de la narrativa atada a la imagen representada, para educar a las sucesivas generaciones que han crecido a los pies de dicha imagen. Pero el símbolo material no ha de transmitir toda una historia –ni la del héroe, ni la de la sociedad-, sino tan solo una parte de ella: aquella parte que pone el acento en los valores que aquella sociedad quiere destacar, mantener y transmitir.

Por tanto, la estatua y su historia ha de estar atada a principios positivos; de lo contrario, si el símbolo es una afrenta, trae malas memorias y rumores desagradables, es válido reemplazar el monumento, cambiarle el nombre al edificio público, o alterar e intervenir la estatua, como proponía Camilo Fidel López en su columna de hace algunas semanas en Las2Orillas. Así como es legítimo tratar de inmortalizar la imagen de una persona por aquello que esa persona hizo por la comunidad que lo enaltece –en la medida en que lo positivo sea más relevante que lo negativo–, también es válido que una sociedad desmitifique a aquellos a quienes deificaba hasta ayer, en la medida en que los valores de la comunidad no se ajusten con lo que la imagen representa.

@Los_Atalayas

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