Por: Santiago Gamboa

Ignorantes y fieros

No sé qué pensarán hoy los millones de personas que votaron por Duque, y sobre todo los que eligieron a los representantes del Centro Democrático en el Senado. ¿Se sentirán orgullosos ante el inverosímil espectáculo que ofrecieron intentando detener la JEP, vía objeciones del Gobierno? ¿O será que su rabia, esa que Uribe les pidió mantener viva, es aún más fuerte que su sentido del ridículo? Sé lo homogéneos que fueron los votantes de Duque y que muchos lo hicieron por miedo a Petro, sin compartir plenamente la ideología de derecha extrema, pero no hay duda de que muchos no esperaban ver esta representación, entre vergonzosa y cómica, en el Senado, un género burlesque que recuerda las peores épocas del mismo Uribe, cuando buscaba su tercer mandato. ¡Cómo olvidarlo! El hemiciclo transformado en mercado persa (al decir de Noemí Sanín); los senadores presentando impedimentos o ausentándose para cobrarle más fuerte al Gobierno su votico. Momentos estelares de nuestra historia que se repiten y tienen en común el imponer a la fuerza y de un modo chabacano lo que quiere el líder. Porque don Macías, ustedes me perdonarán, no puede ser más chabacano, por muchas medallas que le hayan colgado a los 15 días de llegar a la Presidencia del Senado. Y no lo digo por el madrazo en el micrófono, eso es lo de menos, sino por el modo en que, sin la menor vergüenza, acudió a los ardides más asombrosos para dilatar el proceso.

Y este es el punto. No creo, sinceramente, que don Macías conozca tanto el reglamento del Senado como para que todas esas tretas hayan sido de su cosecha. Los que sí deben sabérselo de memoria son los abogados de Uribe, pues la estrategia es la misma que usan con su defendido en los procesos por los innumerables delitos de los que es sospechoso: dilatar, dilatar y dilatar. Ellos saben que con el tiempo las voluntades se tuercen, los senadores reacios acaban por caer y los magistrados se van (como Barceló), y sobre todo saben que la gente olvida y las cargas de poder van borrando las sospechas. Porque “el que la hace no la paga” en la Colombia del Centro Democrático, esto ya lo saben hasta los chinos de Rusia. Y menos cuando se trata de su líder máximo, el Gran Corleone criollo. Los que sí pagan son sus contradictores, sometidos a ataques diseñados por esos mismos abogados, expertos en serruchar el suelo y mover la canoa.

Esta hipótesis me lleva a concluir que los defensores del líder, esos carísimos jurisconsultos que acabamos pagando todos, son los que dictan muchos de los lineamientos del Centro Democrático para que, luego, la bancada los defienda en el hemiciclo. Un cogobierno entre políticos ignorantes pero fieros y abogados rapaces. Son ellos quienes definen las estrategias jurídicas a seguir, pero no para que prevalezca la verdad (o la justicia), sino para entorpecerla o, como en el caso de las objeciones, para convertir el procedimiento en un chiste previsible y, la verdad, bastante malo. ¿Pero qué les importa si tienen quién lo defienda? Porque, si bien don Macías puede no ser culpable de no tener cultura ni educación, sí podría reprochársele su bajo sentido del humor. Aunque, en el fondo, el humor es también una demostración de cultura. Y por eso le sale tan mal.

 

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