Por: Humberto de la Calle

Ilusiones

AL DAR UNA MIRADA A LA OLEADA de euforia nacional por los logros del nuevo gobierno, decía Andrés Hoyos que no había que ilusionarse demasiado, que los problemas estaban ahí y que pronto aterrizaríamos de nuevo en la cruda realidad nacional.

El atentado en el edificio de Caracol ocurrido el jueves aspiraba a que ese aterrizaje fuera de barrigazo. No lo ha logrado. Saludo solidario a Caracol, a Darío Arizmendi y a todas las víctimas.

No obstante, aunque la sentencia de Hoyos sea premonitoria, hay que gozársela por ahora. En medio de la fiesta no es hora de pensar en el guayabo.

En lo que sí tiene razón, es en que no hay que confundir ilusión con delirio.

 Veamos algunos casos:

Claro que hay que recrear el Ministerio de Justicia. Pero creer que por ese solo hecho se arreglan los gravísimos padecimientos de la justicia, que está al borde del colapso, es un acto de escapismo. Quienes como el que esto escribe, miramos el asunto desde la llanura, desde la humilde artesanía del derecho, sabemos que la discusión sobre quién nombra a quién, y quién juzga a quién, pomposamente llamada “reforma judicial”, muy poco tiene que ver con las demoras, padecimientos, injusticias y decisiones simoníacas que son el pan de cada día. Además, suspendida como ha quedado la eliminación del Consejo Superior de la Judicatura, la puesta en marcha del Ministerio tiene que ir acompañada de un complejo proceso de deslinde y amojonamiento entre las competencias hoy atribuidas a ese cuerpo y las que asumiría el nuevo Ministerio. Eso no es tumbando y capando.

La lista cerrada modera el efecto corrosivo de la competencia personal en la organización de los partidos. Pero también es delirante creer que con esta sola medida va a desaparecer el fraude electoral y que al otro día todo el cuerpo de ciudadanos electores y de políticos conductores entrará pomposamente a la corte celestial. La lista cerrada es recomendable, pero sólo con carácter temporal. Una o dos elecciones. Porque lleva en sí misma el germen de su propia destrucción. Convierte a los partidos en castas, abre la puerta de la disciplina para perros y menoscaba la libertad de los prosélitos.

Que basta sentarse a charlar con Alfonso Cano sobre los derechos humanos para que el conflicto desaparezca. Que si uno trata respetuosamente a los farianos, ellos se comportarán como niños aconductados. Es cierto que hay que dejar espacios para la terminación de la confrontación por otros medios. Pero olvidar que los grupos ilegales se mueven en alta medida en función de negocios como el narcotráfico, que sus aspiraciones hace mucho superaron el estándar del taxi a crédito, la curul en el Concejo municipal y una palmada en la espalda, es simplemente una negación sicótica de la realidad. Muchos pueden haber sido los motivos de la bomba del jueves. Lo grave de este país es que siempre hay múltiples explicaciones para la violencia. Desde el saludo del Secretariado a Santos como el deseo de la mano negra de impedir el diálogo. Nuestra violencia es, siempre, un caleidoscopio.

Y, por fin, eso de creer que con el Bolillo Gómez va a cambiar a fondo el esquema de nuestro fútbol profesional, ni siquiera es una ilusión, es una alucinación.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Humberto de la Calle

El travieso progresismo

Señor presidente

VLL remasterizado

Vientos de guerra

“Fear”