Por: Arturo Charria

Imágenes que deberían quedar en la memoria

El nivel de violencia discursiva en Colombia está desbordado y decirlo no es una novedad. Sin embargo, lo preocupante no es el uso de las palabras como extensión de la guerra en tiempos de paz, sino cómo esta agresividad nos está impidiendo ver los hechos y las imágenes de ese nuevo país en el que nos negamos a creer.

La semana pasada se dieron tres eventos relacionados con la Farc que fueron noticia, dos de ellas fueron tendencia. Por un lado, el señalamiento de Juliana Hernández, esposa del senador Ramos del Centro Democrático, a un profesor pensionado que usaba una gorra de Cuba. Hernández dijo que ella no volaba con “terroristas” y exigió que la dejaran bajar del avión. Por otro lado, el homenaje con mariachis que le hicieron al Mono Jojoy con motivo de los siete años de su muerte en un cementerio de Bogotá. Con la primera noticia los “amigos” de la paz aprovecharon la situación para burlarse de la esposa del senador Ramos y en nombre de la paz igualar y superar en insultos su reprochable acción. La segunda noticia fue usada por los “enemigos” de la paz para sacar del archivo de Google las imágenes de las cárceles en la selva creadas por las Farc en las que se veía al Mono Jojoy pasar revista de los soldados y policías secuestrados.

El tercer evento fue registrado por los medios, pero no tuvo ningún impacto en la opinión pública. Se trata de la petición de perdón de la Farc a las víctimas de Granada, pueblo del oriente de Antioquia que prácticamente fue destruido por la guerrilla durante los peores años de la guerra. No son situaciones que obedezcan a un guion de una puesta en escena. Por eso no están exentas de tensión, de lágrimas y de reclamos contenidos durante años, incluso décadas.

Lamentablemente, este acto público de perdón no existe en la retina ni en la memoria de los colombianos. Preocupa que este no es el primer acto en el que la Farc asume un reconocimiento público de sus crímenes y se compromete con las comunidades a iniciar acciones de reparación. No son actos que “deban” hacerse como parte de lo acordado en La Habana, son voluntarios y están concertados con las mismas comunidades que han sufrido dicha violencia. Tampoco son sanciones que vengan de la Jurisdicción Especial para la Paz —JEP—, ni actos simbólicos de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad —CEV—, pues ninguna de las dos ha entrado en vigencia.

El reconocimiento público de perdón de Granada se suma al realizado en diciembre de 2015 en Bojayá, a la petición de perdón por la masacre de La Chinita en Apartadó, Antioquia, y al acto simbólico realizado en octubre y diciembre de 2016 con los familiares de los diputados de la Asamblea del Valle. No son hechos aislados o acciones puntuales, sino que detrás de cada encuentro hay un trabajo previo en donde las condiciones las ponen las víctimas. Un ejemplo de estas concertaciones es la que desde hace meses ha venido trabajando la Farc con víctimas del Club El Nogal.

Estas imágenes y las acciones detrás de ellas nos muestran ese país que nos negamos a ver y que debería llenarnos de esperanzas la retina. Ese país que como diría Antonio Machado se divide entre uno “que quiere vivir y a vivir empieza, entre una «Colombia» que muere y otra «Colombia» que bosteza”.

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