Por: Carlos Granés

Imágenes virales

Ya llevan varios años colonizando nuestras redes sociales, las pantallas, incluso los medios impresos. Hace unos días, por ejemplo, me sorprendió leer en La Vanguardia, el diario catalán, que por fin se había descubierto la identidad de un norteamericano obeso que posó desnudo sobre un tiburón muerto, y cuya fotografía corrió como la pólvora por las redes sociales. ¿Era realmente importante aquel dato como para que se convirtiera en noticia de un medio impreso (y serio)? No lo sé, quizá. Las imágenes virales se han convertido en un entretenimiento masivo que, como los conciertos multitudinarios o las exposiciones taquilleras, acaban transformándose en noticia. Hoy, no hay que olvidarlo, todo se mezcla: arte y publicidad, esparcimiento e información, revolución y capitalismo, espectadores y productores de espectáculos.

¿Sabía el nudista obeso que posando sobre un escualo se convertiría en un espectáculo transnacional? Desde luego que no. Mucho menos que desataría la ira de los animalistas, o que una campaña en redes sociales terminaría por buscar hasta la última pista que diera con su identidad. Con la viralidad —palabra que aún no existe, pero, sospecho, no tardará en incluirse en el diccionario de la RAE— cualquiera puede convertirse en el bufón de turno. Aunque no solamente en bufón. Hay muchos tipos de imágenes virales que bien podrían clasificarse siguiendo las taxonomías cinematográficas. Unas contienen humor y golpes, y caben dentro del género de la comedia. Otras vienen cargadas de insinuaciones eróticas o sexuales, y catalogarían como cine de adultos o pornografía. Unas más son horripilantes, y por revelar escenas escatológicas o macabras clasifican como género de horror. Otras enseñan escenas en las que hombres y mujeres osados desafían el peligro o al poder, como los deportistas de riesgo, los acróbatas que caminan por las cornisas de los rascacielos, las jóvenes de Femen o las irreverentes punkeras de Pussy Riot, y les viene bien el rótulo de acción o thriller político. Quedan muchas otras, como la del gordo con el tiburón, que por bizarras o extravagantes van directo a la casilla del cine de culto.

Pero lo fascinante de estas imágenes que circulan de forma masiva y veloz por las redes, llegando a miles, a veces millones de personas, es que ofrecen un reflejo de lo que somos. Como fuente de información antropológica son riquísimas, pues a partir de ellas podemos inferir qué apreciamos, qué nos divierte, qué nos sorprende, qué nos seduce y, también, qué repudiamos, qué nos ofende, qué condenamos. La viralidad es un termómetro que mide los gustos y la escala valorativa en un momento y en un contexto dado; incluso el estado de ánimo de una sociedad. Todo lo viral muestra de forma muy clara, incluso exacerbada, algo que apela favorable o desfavorablemente a nuestra sensibilidad. Su medio natural son las redes, desde luego, porque allí el formato que triunfa es el que lanza un mensaje poco elaborado, conciso y directo, que escandaliza o divierte, o que fomenta fuertes adherencias o fuertes reacciones. El que cualquiera pueda convertirse en fenómeno viral demuestra, además, que el espectáculo ya no es una actividad reservada a unos pocos. El espectáculo somos todos, y lo paradójico es que ya no nos alcanzan los espectadores.

 

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