Imaginación y justicia

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La verdad no es una. Quienes trabajamos a partir de la verificación y el contraste, con versiones de la verdad (abogados, periodistas, académicos, etcétera), permanecemos alertas al “detalle” que desmoronará o, por el contrario, hará crecer un testimonio, un documento, una prueba. Si se trata del conflicto armado, la labor es quirúrgica.

La verdad es otra ante la ficción; aunque los hechos históricos parezcan el patrón de la mímesis, el escritor se puede dar licencias. Y los lectores también, en la medida en que la narración nos conmueva. Cuando leemos a María Cristina Restrepo, Miguel Rivas, Jorge Franco, Piedad Bonnett, Laura Restrepo o Juan Gabriel Vásquez, entre otros, la ficción es otra forma de la verdad, incontrovertible porque proviene de ese territorio libre que es la imaginación del autor. (La no ficción está sometida a la camisa de fuerza de la verificación, como en la producción de Patricia Nieto, Juan José Hoyos, Alberto Salcedo Ramos o Alonso Salazar).

La sombra de Orión, la más reciente novela de Pablo Montoya, se nutre de testimonios de victimarios —miembros de la policía y del cuerpo élite antiterrorista, y exintegrantes del Bloque Cacique Nutibara— que participaron en la Operación Orión (comuna 13, octubre de 2002), así como de familiares de desaparecidos. Explora la metáfora que es La Escombrera. Pedro Cadavid, personaje de otras obras del escritor santandereano, se mueve entre videos, archivos del Museo Casa de la Memoria, el informe ¡Basta ya!, material académico y audiencias de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), para habitar un mundo paralelo tan imaginado, planeado y visceral como la violencia.

Así mismo, la ficción es una verdad juguetona en la que Montoya convierte en hipérbole a algunos protagonistas: al alcalde Peralta, “un hombre bajo, engreído, […] le gustaba vestir trajes caros. Usaba collares de piedras preciosas, brazaletes dorados, relojes finos. Se rodeaba de modelos y reinas de belleza”. (¿O será que la hipérbole es el modelo real?).

La verdad de La sombra de Orión es el resultado de un proceso asociativo de un artista que elabora ideas a partir de las verdades que le arroja la realidad y la interpretación que hace de las mismas. Pero nunca es una verdad caprichosa ni inocente.

Su ficción es una pregunta mediada por la cercanía con los hechos reales y, a la vez, sedienta de distancia.

En medio del proceso creativo de una de sus obras, el bestseller escocés David Keenan reflexionó sobre la literatura británica y el conflicto de Irlanda del Norte: “¿Estábamos finalmente lo suficientemente lejos de los eventos de 1968-1998 como para empezar a convertirlos en ficción? ¿Es necesario que haya una especie de brecha cultural-histórica antes de que podamos interrogar al trauma?”. (El padre del escritor había crecido en Ardoyne, zona católica de Belfast, epicentro de la lucha).

El siglo XIX que vive en nuestra mente tiene notas de Schubert y Verdi. Imágenes de Renoir y Courbet. Escenas de Flaubert, Balzac y Tolstoi. Del mismo modo, es probable que la literatura colombiana esté cruzando un umbral similar al de la justicia transicional o la Comisión de la Verdad para transformar el relato oficial, el imaginario colectivo sobre víctimas y victimarios… la imaginación como una forma de justicia.

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