Por: Julián López de Mesa Samudio

Imaginando el futuro sin usar la imaginación

SE AVECINA EL PRIMERO DE MAYO Y desde ya se vislumbra otro fracaso para el anquilosado movimiento estudiantil colombiano.

Uno similar al de la triste marcha del 7 de abril que dejó lo mismo de siempre: encapuchados canosos liderando las proclamas vacías que se repiten devota y mecánicamente, como plegarias, desde hace décadas; actos de vandalismo gratuito; ríos de jóvenes, llenos de esperanza, conducidos como borregos, igual que antes, igual que siempre, hacia la Plaza de Bolívar para arengar un rato y luego irse con la conciencia tranquila porque ellos “no son indiferentes”, “sí tienen los ojos abiertos”, “sí están haciendo algo”…

¿Por qué fracaso?, preguntarán los entusiastas de las marchas, los conversatorios, los foros y cualquier otra manifestación estereotipada de la conciencia contemporánea. El movimiento estudiantil en Colombia naufragó, pues desde los años setenta no se ha renovado. Desde entonces se repiten hasta la saciedad los mismos actos, los mismos gestos, las mismas palabras. En Colombia, a diferencia de otras partes, no se les presta atención a los estudiantes precisamente porque se sabe qué esperar de ellos y cuáles son sus pocos alcances y sus muchos límites. Y los estudiantes cumplen con lo que se espera de ellos: un alboroto pasajero lleno de altisonancias, fórmulas sacramentales y bravuconadas y nada más. De nuevo a la normalidad. Y, aunque sus reclamos son justos, la forma sabida y simplista de presentarlos crea una insuperable resistencia que los invalida. La voz ya no es juvenil; es una voz áspera, avejentada por los años y las decepciones, una voz incapaz de encontrar otras expresiones, una voz que alguna vez estuvo llena de ánimo y optimismo y que hoy, tras muchos desengaños, es tan sólo la amarga voz del pesimismo y el resentimiento…

Y sin embargo, lo verdaderamente angustiante es que nuestra juventud carece de imaginación. El movimiento estudiantil de hoy en día está compuesto por dos tipos de manifestantes. De un lado, los pocos líderes ignotos, los protestantes profesionales que se dedican a las marchas y a todo aquello que era revolucionario hace cuarenta años pero que ahora es simplemente ridículo; y de otro, una inmensa mayoría gris que toda su vida se ha dejado guiar por otros. La generación de la televisión de muchos canales que transmite veinticuatro horas al día; la generación que siempre ha estado entretenida, que nunca ha estado sola, que nunca ha estado consigo misma. Es la generación de la cultura dirigida y controlada, para la cual todo ha de estar previamente disuelto y ser de fácil digestión. Esta juventud no ha sentido la necesidad de innovar pues siempre existe alguien que piense y haga por ellos —incluso que los defina y delimite sus gustos—. Se corrompe así, desde sus primeros años, por una sociedad y un sistema educativo que se encarga de coartar la libertad y la creatividad en aras de perpetuar los métodos, los gestos y los prejuicios de generaciones pasadas.

 La apuesta, aplazada sin razón, debería ser la de abrazar a plenitud la juventud misma. La del retorno a la iconoclastia como mecanismo para abrir las puertas de una verdadera revolución creativa, producto de fundamentos sólidos, pero vital en sus transgresiones. La apuesta debería ser por utilizar otras formas de resistencia, por la refabulación de un futuro en términos propios. La apuesta debe ser, ante todo, por el arte como catalizador de los anhelos de una generación, por utilizar manifestaciones estéticas radicales que les permitan hallar su propia voz y magnificarla para que finalmente sea escuchada.

 

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