Por: Alvaro Forero Tascón

Imitando a ‘Tirofijo’

INSISTIR CIEGAMENTE EN ANIQUIlar militarmente a las Farc podría equivaler al error de Tirofijo, que dejó pasar la oportunidad de un acuerdo político cuando estaba en el ápice de su fuerza, a principios del gobierno Pastrana, por buscar ilusamente una victoria final.

La muerte de Marulanda es la oportunidad esperada por décadas para presionar un proceso de paz con las Farc. No pudo llegar en mejor momento, pero está a punto de desperdiciarse.

Al-Qaeda y los talibanes están resurgiendo en Afganistán luego de haber estado al borde de la derrota en 2003, a pesar de que los enfrenta la organización militar más poderosa del mundo, la OTAN, gracias a que se replegaron durante años, refugiándose en Pakistán y financiándose con el tráfico de heroína. La obsesión nacional por desaparecer a las Farc no permite ver que se trata de una opción poco probable, porque es una organización que, pese a los golpes recientes, tiene enormes recursos económicos y geopolíticos para sobrevivir en el tamaño reducido que mantuvo por décadas, antes del crecimiento artificial de finales de los noventa.

Desbandar a las Farc no va a terminar la violencia, porque no hay narcotráfico sin violencia, como demuestra el caso de México. Desintegrarlas dejaría supérstite a miles de guerrilleros conformando bandas criminales para continuar viviendo del narcotráfico. Podría terminar sucediendo lo mismo que con el fin de los carteles de Medellín y Cali, que la violencia mutó hacia formas más dispersas y más difusas.

El hecho de que la violencia colombiana mantenga contenido político, a pesar del narcotráfico, debe aprovecharse para tratar de extirparla con mecanismos políticos, antes de que se reinvente en redes mafiosas, se incruste dentro de la sociedad y busque protección en el clientelismo local. Sólo un proceso de negociación que comprometa a los jefes guerrilleros a desmantelar realmente la organización armada, a cambio de beneficios políticos, puede atacar la violencia de raíz. Un acuerdo que intente soluciones para los cultivos ilícitos, que son el punto de convergencia de narcotráfico y guerrilla.

Acorralar políticamente a Alfonso Cano puede producir que las Farc recurran al peor de los terrorismos para desmentir su agonía, o a que se refugien en Venezuela para forzar un desbordamiento internacional del conflicto. Las Farc no van a tomar la iniciativa de negociar, porque eso equivaldría a la rendición. Cano necesita una salida decorosa para poder presentarse como el salvador.

Pero un desenlace político del conflicto no va a darse a menos que el Gobierno acepte que la fase de contención ofensiva que le correspondió del Plan Colombia, luego de la de apaciguamiento defensivo durante la administración Pastrana, tiene capacidad de intensificar el conflicto a favor del Estado, pero no de resolverlo. Y que es posible que en el futuro no aparezcan coyunturas tan favorables como ésta para presionar a las Farc hacia la negociación. Si se incentiva a Cano a imitar los mismos errores de Tirofijo, perderá el derecho a corregirlos y empezará otra espera de años, en la esperanza de que su muerte permita un “cambio drástico de las condiciones que facilite la negociación” —como el actual—.

*Analista político, investigador en opinión pública.

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