Por: Santiago Villa

Impopular y profuso

Está lavando su imagen con nuestro dinero. No hay otra forma de describir el despilfarro que la alcaldía de Enrique Peñalosa ha hecho en propaganda. Cuelga fotos de sus funcionarios en las estaciones de autobús, como si fuesen estrellas de rock, y de sus obras públicas en comparaciones de “antes” y “después”, como los anuncios de detergentes. La ciudad sería la ropa sucia, y será este mismo respeto el que cree que merecen sus habitantes.

Es evidente que Peñalosa todavía tiene la esperanza de ser presidente, o acaso su vanidad es tal que, si bien ya abandonó ambiciones nacionales, aún quiere a toda costa exaltar su imagen. A toda costa no, corrijo, a costa de los dineros públicos y de nuestros impuestos, pues dudo mucho que el dinero de la propaganda esté saliendo de donde debería: de su propio bolsillo y el de sus funcionarios.

La propaganda siempre me ha parecido el gran defecto de la política, su metástasis, sea en los afiches del realismo socialista o nacionalsocialista, y en los tontos eslóganes que diseñan los gurús del márketing. Esta alcaldía inunda a sus ciudadanos de cuñas radiales, vallas y afiches, en las que no solo describe, pescando aplausos, lo que debería ser la mínima responsabilidad suya (cumplir con las expectativas de quienes le dieron ese trabajo); y quiere reivindicarse con una triste mezcla de arrogancia y victimización: está errada la opinión de la ciudadanía ignorante, que no entiende nada, porque la alcaldía es “impopular pero eficiente”. Si acaso supiéramos todo lo que hace este alcalde, oh, ¡cómo nos admiraríamos de su diligencia! Perdone usted la injusticia.

Esto, sin embargo, tiene un componente adicional más grave y más sospechoso que la pauta en sí misma, y es endulzar a los medios de comunicación privados con dineros públicos. La relación entre prensa y Estado debe ser respetuosa y distante. Si la prensa ha de ejercer su función de control, crítica y vigilancia sobre el actuar de los funcionarios públicos, pero recibe cientos de millones de pesos, precisamente en tiempos de crisis para sus finanzas, pareciera una manera de controlar su cubrimiento. Para nadie es un secreto que la forma más certera de influir en un medio es mediante la pauta publicitaria.

Así que mal por donde se le mire. Enrique Peñalosa y su equipo parecen no entender la importante distinción entre sus intereses políticos, que son privados, y el interés público. Creen que es la misma cosa. Es un problema muy común entre los funcionarios colombianos, y uno de los grandes defectos de nuestra democracia. No podemos normalizar esto. Es una vergüenza que la Alcaldía de Bogotá use el dinero que pagamos en impuestos para hacerse propaganda.

Por supuesto que estamos a años luz de una alcaldía como la de Samuel Moreno, que sentó el precedente más nefasto posible para un alcalde; pero es precisamente por eso, por el dinero perdido, que esta alcaldía debía imponerse austeridad. Bogotá no está para desperdiciar miles de millones de pesos en egos; y si bien no todo lo que ha hecho la alcaldía está mal y hay logros que vale la pena resaltar, por favor, que hablen por sí mismos, que sean mencionados por terceros o sean difundidos por los funcionarios públicos en su propio tiempo y con su propio dinero, de ninguna manera con el nuestro.

Los principales símbolos del despilfarro para esta alcaldía son, primero, la publicidad; y segundo, esas innumerables canecas de aluminio que pusieron a cada veinte metros por toda la ciudad (un evidente acto de corrupción o exceso de eficiencia que debe investigarse a fondo). No será una coincidencia que el contenido de los dos sea el mismo: basura y material de reciclaje.

Twitter: @santiagovillch

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2019-08-28T00:00:56-05:00

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