Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Impopulares y qué?

Germán Vargas Lleras no será santo de mi devoción, pero tengo que decir que acierta al preguntarle al alcalde de Bogotá por qué cree que ser impopular es característica tan sugerente y atractiva.

La idea de hecho tiene raíces más bien largas, basadas en el contraste entre el “estadista” —que piensa para las generaciones subsiguientes— y el “político” o el “politiquero” —que hoy en día podría ser el “populista”—. Es una intuición viejísima, que hunde sus raíces en el mundo clásico. Al tomar decisiones responsables, que van contra los instintos del gran público o que simplemente pasan por encima de su comprensión, el estadista actúa como garante de una razón superior. Pero la responsabilidad es difícil y puede generar antipatía. De hecho, ese discurso de Peñalosa ya había sido adoptado por Santos para explicar la pérdida del plebiscito y las otras tantas derrotas políticas dolorosas que sufrió el proceso de paz. Santos —según Santos— estaba defendiendo un bien superior, contras las pasiones y los odios de los colombianos. El lector podrá contraargumentar que igual Santos logró un acuerdo con la guerrilla más vieja del hemisferio y que gracias a ello ganó un Nobel; Peñalosa no ha ganado siquiera sus propias licitaciones. Cierto. Pero, en chiquito, el alcalde está reproduciendo el mismo esquema argumental del expresidente.

¿Qué tan creíble es ese esquema hoy en día? Creo que más bien poco, al menos por tres razones. Primero, la política —oficio implacable— pasa por la pregunta de qué tan sostenibles son las propuestas. En las democracias electorales contemporáneas esto implica validarlas a través de concursos periódicos. Los estadistas serios tienen que saber ganarlos. De lo contrario, no tienen el derecho de llamarse visionarios incomprendidos; son simplemente chambones e incapaces. Aprendan de figuras como Angela Merkel. Segundo, la impopularidad generalizada y persistente no puede desestimarse como signo de una extendida incomprensión ciudadana. Cualquier persona dotada de un mínimo de curiosidad tendrá que preguntarse por las variables que alimentan el fenómeno. Aceptemos que una hipótesis posible es la de que el gobernante se está dando una pela de largo plazo a costa de su capital político. Pero hay otras. Por ejemplo, que —en la dirección de lo que dije arriba— es un pésimo político. O simplemente un gobernante desastroso. O una combinación de las dos anteriores.

Más aún, y esta es la tercera razón, precisamente la autoidentificación como estadista incomprendido puede convertirse en fuente de ineficiencias brutales y bloquear las señales de alarma que necesitan los gobernantes para mejorar su gestión. Pasó también con Santos: su discurso de pacifista impopular pero de corazón generoso le ha impedido aparentemente preguntarse por qué no ganó a pesar de contar con una bandera que era de estadista y a la vez concitaba el entusiasmo de millones de colombianos. Preguntas como estas no son expresiones de un espíritu desapacible, sino puntos focales de reflexión para entender lo que pasó y para no repetir los errores. En el caso de Peñalosa la situación es peor, porque su gestión parece carecer de virtudes compensatorias. Ya termina, y francamente no veo a qué le estuvo apostando. Parecía muy concentrado en irritar y tomar revanchas aquí y allá (reserva, árboles). También, —contra la autoimagen que trata de construir— en cortejar descaradamente la popularidad con trucos baratos, como con sus ataques contra los jueces. La misma propaganda que sacó es un ejemplo escandaloso de falta de reflexión y, sí, de ineficiencia. ¿Alguien nos podrá decir cuánto ha costado esta campaña que se pasa en tiempo triple A y durante partidos de la selección Colombia? ¿Y algún encuestador acucioso podría averiguar a cuánta gente ha convencido con ella? Mi apuesta: ni a un alma. La gente no cambia las preferencias así. Por tanto: millones de nuestros impuestos como analgésico del ego del alcalde y su círculo más cercano, sin siquiera algún efecto visible.

Impopulares e ineficientes.

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