Por: Mario Méndez

Importaculismo del Estado

El truculento término se justifica porque traduce bien lo que la gente dice cuando no le da trascendencia a algo o no lo toma en cuenta. “Me importa un culantro (o un bledo, «planta de tallo rastrero») lo que piense fulanito”, dice el hijo del vecino (o el politicastro), pero no puede hacer lo mismo el Gobierno.

En recientes hechos, el establecimiento no consideró la voz de la ONU ante determinadas acciones u omisiones oficiales en el caso de los asesinatos de líderes sociales, o lo que publicó un periódico extranjero de prestigio en el caso de un asunto de interés público. El presidente centrodemocrático va procediendo con ciego cinismo, sostenido por sus propias fuerzas y además por grupos de representación en los cuerpos colegiados que en apariencia no se inscriben en sus toldas, pero cuyas discrepancias desaparecen si están de por medio los fuertes intereses comunes de las tendencias retardatarias.

Ese cinismo no cede ante definiciones intermedias, que pudieran indicar la posibilidad de algo cierto en las páginas de publicaciones serias. Por ejemplo, ¿qué tal aplazar, al menos, decisiones empecinadas como favorecer un ascenso militar o tratar de verificar si las afirmaciones publicadas tienen piso de verdad o demostrar siquiera una mínima disposición a escuchar?

Pero no. El desfile de defensores para congraciarse con el de las charreteras no dejaba de producir pena ante la falta de decoro, de altura con la dignidad que se lleva. Con dolor por los grandes valores, el país pensante debe soportar algo así como lo que planteó Jorge Eliécer Gaitán con tanta lucidez: “el pueblo es superior a sus dirigentes”. Traducido a lo que ocurre por estos días, las mayorías capitolinas dejan ver sus vergüenzas humanas, y asimismo el adorador del “presidente eterno”, su acudiente, mientras la gente que se guía por principios fundamentales, no fundamentalistas, tiene que comerse el sapo de estar representada por funcionarios altamente sospechosos en sus decisiones, proclives a llevarse por delante lo que sea.

Y ahí aparecen los coros dispuestos a entonar alabanzas, ignorantes y acompasadas voces de tantas cosas implicadas en la importaculística conducta oficial. Las dos perlas escogidas son suficientes para medir la catadura de lo que se cuece en la praxis del politiquillo como paradójica negación de la política, cuya esencia es elevada, pero se pisotea por quienes ofician de seudorrepresentantes de la ciudadanía.

Quizás este planteamiento se asuma como expresión de ingenuidad. No nos importa, y esta actitud no es equivalente al desdén que traemos a cuento. Preferible en todo caso sería que pecáramos de candorosos y no que bendigamos con silencio lo que no nos gusta por ser evidentemente contrario al buen pensar y obrar. Con actitudes así, ingenuas, políticas pero no politiqueras, se le causa menos perjuicio a una sociedad que se desmorona sin pausa y sin que se les altere el ánimo a quienes usufructúan las ventajas de un sistema que ya presenta malos olores.

Tris más I. La calamitosa situación del medio ambiente nos renueva la frustración de no tener en el Ministerio del ramo a un Andrés Hurtado García, que ciertamente no encajaría con el sainete nacional.

Tris más II. ¡Preocupante! Trump dice que Duque “está haciendo un buen trabajo”.

* Sociólogo, Universidad Nacional.

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2019-06-27T00:00:54-05:00

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2019-06-27T00:15:01-05:00

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