Por: Andrés Hoyos

Impuestos

A NADIE LE GUSTA PAGAR IMPUEStos y a mí tampoco. Esta antipatía fue la que llevó a los ingleses a inventarse hace muchos siglos un cuerpo colegiado llamado el "Parlamento", al cual el rey debía consultar si quería imponer nuevos tributos o modificar los existentes. Los impuestos fueron, según eso, uno de los cimientos de la democracia; el otro provino de la necesidad de poner límites al poder, valiéndose incluso de la guillotina.

Los detestables impuestos tienen la virtud paradójica de sembrar a quien los paga allí donde los paga. El contraste con las regalías y demás ingresos del Estado no puede ser más notorio. En el primer caso el ciudadano paga al Estado y eso le da el derecho y casi el deber de vigilar los gastos; en el segundo, el Estado reparte, muchas veces de forma caprichosa o corrupta, los recursos de que dispone. Lo uno hace a la gente responsable, lo otro bien puede corromperla. Un detalle nada más: los procesos reeleccionistas en aquellos países que cuentan con rentas cuantiosas derivadas de recursos no renovables, como el petróleo, casi siempre conducen a lo que solo puede llamarse una compra masiva de votos por parte del régimen incumbente.

En el actual debate sobre la reforma constitucional para imponer la Regla Fiscal es raro que se mencionen tan poco los impuestos. Aunque la reforma tiene aspectos debatibles, como la falta de provisiones para procesos anticíclicos, esta regla tendría la virtud de obligar a los partidos con programas de gasto ambiciosos a proponer también los aumentos de impuestos correspondientes. Da casi risa ver a ciertos políticos, más que todo liberales y de izquierda, vociferar que hay que invertir en esto y en aquello o subsidiar lo de más allá, pero esconderse bajo sus curules a la hora de impulsar un mayor cobro de impuestos.

El dilema es sencillo: no existe ningún método confiable para combatir la desigualdad en un país que no pase por cobrar tasas considerables y progresivas de impuestos para luego gastarlos bien. En Colombia, según calcula la Andi en la última edición de su “Agenda de competitividad”, hoy el recaudo total ronda el 16% del PIB. Si a eso le restamos el costo de la seguridad, que se acerca al 4%, y el de las pensiones, que se lleva otro 4,7%,  lo que queda es claramente insuficiente. No por otra razón siente uno siempre que el Estado colombiano se comporta como un pobre chicanero: ofrece hacer cuanta cosa y luego no tiene con qué.

La base tributaria, que no pasa de 1,3 millones de contribuyentes, es ridículamente baja. Hay países, digamos Francia, donde se obliga a todo el mundo a presentar declaración de renta, así el monto a pagar sea 0. La norma tiene un corolario ingenioso: como la multa por no declarar es un porcentaje del impuesto evitado, los pobres no pagan multa.

No quiero decir con lo anterior que el Estado colombiano no tenga la obligación de generar otros ingresos, además de los impuestos. Salta a la vista que el régimen de regalías es exageradamente generoso, ya sea porque las tarifas son muy bajas (oro y esmeraldas) o porque no se recurre al obvio expediente de cobrar un porcentaje mayor cuando los precios del bien se disparan, como sucede ahora con el petróleo.

Ya vendrán las plañideras a decirnos entre sollozos que un mayor recaudo afecta la competitividad. No hay tal, mucho más la afecta una distribución del ingreso tan grosera e impresentable como la colombiana.

[email protected], @andrewholes

 

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