Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Inaceptables

Con motivo de la condena de su buen muchacho, Jorge Noguera, el expresidente Uribe le pidió perdón al país.

Que alguien del talante de Uribe deje pasar 140 caracteres sin gritar ni insultar, es algo sorprendente y bienvenido, que habla montones tanto de la gravedad del episodio como de los efectos a largo plazo de las agüitas de Santiago Rojas.

Con todo y eso, me parece que las disculpas de Uribe son inaceptables. Claro: ¿cuántas cosas inaceptables no se le pueden atribuir? Pero los términos en que está planteada la cuestión son tales —pues tocan directamente con el significado de la responsabilidad política y de los problemas de seguridad— que ameritan un comentario. Me permito recordar, pues, tres hechos. Primero, la concepción extremadamente agresiva de la inteligencia del Estado que ha tenido el uribismo no comenzó con Noguera. Al comienzo, éste era sólo un principiante, alguien muy lejos del primer círculo concéntrico. El verdadero candidato a encargarse del asunto, ideólogo y a la vez amigo íntimo de Uribe, era Pedro Juan Moreno. Moreno fue un bizarro personaje, de pistola al cinto, cuyo papel en la gobernación de Antioquia cuando Uribe ocupó ese cargo resultó tremendamente polémico, por decir lo menos. Sus adversarios le tenían pavor. De hecho, su figura pública parecía específicamente diseñada para meter miedo. Era a este peso pesado —no al peso welter del Magdalena— a quien Uribe pretendía dar una central de inteligencia, que coordinaría y centralizaría las respectivas actividades de todas las agencias de seguridad del Estado colombiano. Cosas de la vida: Uribe y Moreno eventualmente pelearon —ni las mejores gotas homeopáticas podían impedir la explosión resultante del roce permanente entre estos dos materiales volátiles— y Moreno pasó a una oposición brutal, alevosa y sin resquicios, a través de un pasquín dedicado a revelar los supuestos detalles inconfesables de la trastienda del uribismo. Eventualmente, murió en un accidente de helicóptero. Pero el país no debería olvidar que Noguera fue escogido por defecto, después de que el candidato real —que hubiera tenido muchísimo más poder— peleara y finalmente desapareciera.

Segundo, cuando empezó a quedar claro que Noguera había entregado la agencia presidencial de inteligencia al paramilitarismo, ¿cuál fue la reacción de Uribe? Sostenerlo a capa y espada. Noguera, con todo y carecer de los antecedentes de Moreno, había sido jefe de campaña de Uribe en su departamento y seguramente le estaba dando acceso a los contactos regionales adecuados. Precisamente lo que siempre destaca Uribe es que era un muchacho de “buena familia” (¿y por qué diablos ser de “buena familia” ha de servir de criterio para escoger funcionarios?), que sabía dónde ponían las garzas. Y con solicitud conmovedora promovió a su protegido en desgracia a un cargo diplomático en Italia, pagado con el bolsillo de todos los colombianos. Es que era con estas fichas con las que cementaba sus coaliciones regionales.

¿Y después? Después hizo lo siguiente, ni más ni menos: apoyó explícita, públicamente, a una prófuga de la justicia, otra exdirectora del DAS, e hizo de vocero de sus razones para sacarle el bulto a la justicia.

No, no, las simples, masculladas excusas no sirven para esto. Se pide, y se acepta, el perdón sin pretextos y coartadas, y cuando se ha dejado de cometer la ofensa que dio origen a la solicitud. Antes, durante y después del asunto Noguera, Uribe ha estado permanente, implacablemente, mal ubicado, y ha promovido prácticas y concepciones cuyo resultado sistemático fue una destructiva cercanía de sectores del mundo de la inteligencia con el mundo de la ilegalidad. Y siempre que dicha interacción quedó al descubierto, Uribe defendió apasionadamente, con todo el poder de su rabia y su convicción, a quienes habían incurrido en ella.

Ahora sólo recuerden el episodio de María del Pilar Hurtado. Lo sigue haciendo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín

¿Cumplir o no?

¿Seremos capaces?

¿Recordar es vivir?

¿Y ahora?

Dos discrepancias y un voto