Por: Lorenzo Madrigal

Inapelable e inaplicable

Muy desalentador panorama el de Colombia en el mar Caribe. Muy desanimados los expresidentes Gaviria y Samper al referirse al tema de La Haya, en el homenaje a López Michelsen.

Que las cosas no eran muy claras para Colombia, en fin, que no denunciamos a tiempo el Pacto de Bogotá, lo que tampoco era fácil; que López hubiera aconsejado acatar La Haya y luego concretar y defender el territorio (lo que quedó, que no es poco). Resignación de expresidentes, intérpretes de un país humillado, a lo que se suma la cantilena del Gobierno actual de estar todo hecho cuando llegó, sin que hubiera remedio. Otras metas internacionales ocuparon su atención. El proceso en curso sobre el mar Caribe se anticipó a desgano, con el sentir derrotista de quien espera la mitad de lo que se discute. El injusto fallo ni siquiera fue salomónico, sino leonino.

Sorprendió el jueves último la voz oficial, en contravía, del vicepresidente Angelino Garzón, quien declaró con énfasis que el fallo era inaplicable. Presagio de la que puede llegar a ser la posición del presidente, no lo sabemos, conductor único de las relaciones internacionales del país.

En consenso de conocedores, muy poco se puede lograr con pedir aclaraciones a la Corte Internacional o con una revisión casi imposible. El fallo no sólo desconoció tratados anteriores con estados no partícipes del contencioso, sino que rompió la unidad geográfica y política del archipiélago, dejando un Estado dentro de otro estado, unos islotes de Colombia dentro de un mar ajeno.

Es irónico pensar que sin el Esguerra-Bárcenas, que tanto defendimos, sería nuestra la Mosquitia, como lo fue de la Nueva Granada, es decir, la costa este de Nicaragua. Entonces las islas nos pertenecerían no solo por el Uti possidetis, sino por la abusiva plataforma extendida. Hoy corremos el riesgo de perderlas, vista la ambición de Ortega y los eficientes oficios de su embajador en Países Bajos.

La Comisión Asesora de Relaciones estuvo reunida en torno de una mesa de juntas, que miraba a una pantalla protegida por un nostálgico mar azul (con “el rútilo azogue que rueda por su dorso ”, añadiría el viejo León). De allí salieron algunos “traidores de la patria”, según se dijo, a contar lo que se había propuesto, mas no decidido.

Colombia vacila entre desconocer una sentencia en derecho, derivada del Pacto de Bogotá, y perder una inmensa franja de su ser físico, la que ningún país del mundo entregaría mansamente.

En tanta perplejidad, no se ve quien alegue con propiedad e ilustración ante Naciones Unidas las impropiedades de un fallo, a un mismo tiempo inapelable e inaplicable y el desangre territorial al que se nos somete. Ausencia total de un gran colombiano, de un Olaya, de un Lozano Torrijos, de un Zuleta Ángel, de un Lleras Camargo.

 

 

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