Por: María Elvira Samper

Incapaces de procesar el odio

EL ENFRENTAMIENTO ENTRE EL presidente Santos y el procurador Ordóñez está pasando de castaño oscuro.

Santos ha ido perdiendo la compostura ante las críticas —algunas evidentes provocaciones— y aunque aseguró que cerrará ese capítulo, nada garantiza que el procurador haga lo propio. En cuanto a la bronca Uribe-Santos, hace rato superó el nivel oscuro y el tono de la pugna Pastrana-Santos apenas ha bajado un poco. Triste espectáculo el de líderes que deberían ser modelo de respeto mutuo aun en el disenso, incapaces de procesar esas pasiones primitivas que los llevan a responder con agresividad e irritación. Tanta irracionalidad lo deja a uno perplejo, como diría el procurador. Mal ejemplo para una sociedad donde la intolerancia cobra cada día nuevas víctimas y cuando hay en marcha una negociación para poner fin a la guerra.

Muy grave que el odio esté copando la política, porque destruye y deslegitima la verdadera oposición, la que enriquece el debate porque se hace con altura, en función de unos ideales. Odio y democracia no caben en la misma canasta. Y es que el odio también está en las raíces del conflicto armado —junto con la lucha por la tierra, la pobreza, la inequidad y la exclusión social y política—, y es una de las razones por las cuales no hemos logrado construir una sociedad realmente democrática, respetuosa de las visiones opuestas, donde la crítica y acuerdos sobre asuntos fundamentales como la justicia y la exclusión de las armas de la política nos permitan convivir con las diferencias.

No es pretender que la política sea aséptica en emociones. No, ellas son el motor de sus múltiples manifestaciones —la denuncia, la movilización, la protesta y las propuestas—. Las campañas apelan a toda suerte de recursos emocionales y los electores votan movidos por emociones: simpatía, esperanza, entusiasmo, repulsión, miedo… Miedo, la causa de guerras y la antesala del odio, el sentimiento más eficaz para movilizar a la gente. Odio al enemigo real o creado —guerrilla, paramilitares, bandas criminales, castro-chavismo…-—, que crece como maleza en un país fragmentado como el nuestro. Y cuando la política se instala en el terreno fangoso de esa pulsión por destruir al otro que no comparte las mismas ideas o que rivaliza y compite por el poder, las bases de la convivencia se erosionan.

En el mundo hay experiencias que demuestran que sociedades que han sido desgarradas por la violencia pueden, si no olvidar y perdonar, sí poner en remojo los odios y resentimientos para superar períodos negros y construir un proyecto común de convivencia civilizada —Chile y España, por ejemplo—.

En Colombia, la negociación para poner fin al enfrentamiento armado, que pudiera y debiera ser un proyecto compartido —por el bien de todos y para evitar más víctimas hacia el futuro—, no ha logrado convertirse en tal, ni ha podido conjurar dos amenazas: el odio visceral del expresidente Uribe —con gran influencia entre gran parte de los colombianos— por el presidente Santos, y el oportunismo del procurador Ordóñez, que hace política con la paz y oculta mal sus aspiraciones (¿le apuesta al fracaso del proceso para que el péndulo de la opinión se mueva hacia la mano de hierro que él, como Uribe, encarnan?).

Triste suerte la de este país en el que sus líderes, antes que buscar el bien común, desean que les vaya mal a sus contrarios.

 

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