Por: Juan David Ochoa

Incendios del Vaticano

El Vaticano vuelve a estar en el centro del escándalo; otro más escapado entre el silencio a presión que conserva una empresa acostumbrada al sofisma y al sometimiento. Otro más estallado entre los dobles raseros de la virtud y la bienaventuranza. Una vez más, otra investigación hace pública una cifra estrambótica de victimas de sacerdotes pedófilos bajo una sistemática complicidad de sus jerarquías: obispos y cardenales que ordenan el traslado de parroquia al implicado para apagar el ruido y la atracción mediática sin que importe la multiplicación progresiva de los afectados.

El caso reciente corroboró de nuevo que esta estrategia de escabullimiento no es una novedad ni un método reciente de desesperación por las noticias acumuladas. Este escándalo en particular, detallado en todos los rituales macabros por el fiscal general de Pensilvania sobre los 300 sacerdotes y sus mil víctimas que nunca tuvieron voz hasta hoy, cuando un seguimiento de décadas logró hacer pública la dimensión del desastre y la decadencia, solo demuestra que hay una orden específica de la casa central que ha insistido siempre en imponer su pulcritud contra todas las evidencias y los hechos, desde la retórica o desde la ley, desde lo burocrático o las proezas de publicidad que han logrado vender al Papa Francisco como un líder liberal e incorruptible; una imagen sobredimensionada por su anécdotas frívolas de humildad y por su corriente abstracta, y no por su pragmatismo explícito ni por su coherencia entre una corrupción que ha carcomido a la institución desde el mismísimo Constantino. Y sí, Francisco no puede extinguir un basural milenario y una estirpe de pedófilos custodiados por una antigua instrucción institucional llamada Crimen Solicitationis, diseñada para silenciar todo crimen o delito cometido al interior de la iglesia, pero ha demostrado con hechos que su discurso es falso: en 2015 indultó, durante el jubileo, a la congregación Legionarios de Cristo, encubridora conocida de Marcial Marcel: el caso más horripilante conocido hasta hoy en Latinoamérica. Y cuando las denuncias acumuladas en Chile contra el Obispo Juan Barros se hicieron notorias, también por encubrimiento, hizo una defensa a ultranza de su rectitud, aun con todas las denuncias puestas sobre la mesa. Lo ha hecho también con el Cardenal australiano George Pell, encargado de las finanzas vaticanas y ahora asesor papal sin que trasciendan demasiado las denuncias en su contra y su próximo juicio por abuso, y lo hizo también con el célebre obispo Bernard Law, el mayor encubridor de los últimos tiempos, enviado a Roma como estrategia de custodia y homenajeado por el mismo Papa en su funeral.

Así que ese poderoso lema titulado Tolerancia Cero contra la corrupción y los abusos con el que se inauguró su papado no ha sido más que retórica, y sobre su propia retórica pesan todos los conflictos de interés y el dilema central de sus funciones : defender a las víctimas de los cientos de miles de sacerdotes abusadores del mundo, o demostrar finalmente que la Iglesia Católica ha sido una empresa revictimizante que ha tenido como prioridad la defensa de su imagen sobre todos los crímenes y los sadismos de una alcantarilla que no puede ocultarse más. Allí han estado siempre frente a él los escombros y la podredumbre, y su respuesta suele ser la misma: orar para que el bien prevalezca sobre la oscuridad; tener piedad por las víctimas y su dolor profundo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Ochoa

Un fantasma inútil

La tormenta

Frivolidad y poder

La Gran Guerra

Los reaccionarios