Por: Mauricio García Villegas

Incentivos y honestidad

A PROPÓSITO DE LOS ESCÁNDALOS de corrupción en el sistema de salud, Alejandro Gaviria, en su columna de la semana pasada, llama la atención sobre la inutilidad de las quejas morales: de nada sirven las peroratas sobre la omnipresencia de los avivatos, o sobre nuestro deterioro moral, dice.

El problema no está en que la gente sea mala, sino en que se vea enfrentada a tentaciones que no puede resistir. Es la ocasión la que hace al ladrón: los recobros crean incentivos fenomenales que la gente aprovecha para obtener recursos ajenos con la certeza de que no lo van a sancionar.

Para ilustrar su punto, Gaviria pone el ejemplo de una empresa en donde los empleados le cobran a la compañía sus gastos de viaje, de alimentación, materiales, etc., sin que exista una auditoría real sobre dichos cobros. Viendo que no hay control, los empleados empiezan a inflar las cuentas, hasta que se descubre que el robo es de tal magnitud que la empresa ya no es viable; el dueño le echa entonces la culpa a los empleados, pero calla sobre el sistema de incentivos perversos que desencadenó todo el problema. Eso es, dice Gaviria, lo que pasó con las EPS.

La columna es muy interesante y nos pone en guardia contra los excesos moralistas de la opinión pública y de los funcionarios encargados del control (el procurador, por ejemplo). También pone de presente el hecho de que las reglas que crean incentivos perversos tienen la capacidad de dañar a gente que, en principio, es honesta (y viceversa: las que no los crean, de mejorar a los deshonestos, como decía James Madison).

Pero no hay que exagerar. No todas las personas en la sociedad son avivatos que están al acecho de oportunidades para sacar una buena tajada (como a veces creen los economistas). Hay gente que roba incluso cuando no tiene incentivos para hacerlo y otros que nunca roban, incluso cuando se les presenta la oportunidad de su vida.

Voy a poner otro ejemplo. Hace algunos años pasé un tiempo en el Instituto Suizo de Derecho Comparado. Allí había una cafetería bien equipada, pero que no estaba atendida por nadie. La gente ingresaba al recinto, sacaba lo que quería de las neveras y de las alacenas y depositaba el importe de lo consumido en una alcancía, discretamente ubicada debajo de una lista de precios. No había cámaras escondidas, ni vigilantes, ni controles. Todos los incentivos posibles para robar estaban allí. Sin embargo, nunca se perdía dinero.

Claro, mucho va de Suiza a Colombia. Es posible que el ejemplo de la empresa colombiana que crea incentivos dañinos nos retrate mejor que el ejemplo de la cafetería Suiza. Pero incluso aquí, en este país de avivatos, hay muchos que cumplen las reglas estando absolutamente seguros de que, si no lo hacen, no los van a sancionar. Más aún, hay pruebas (en la segunda alcaldía de Mockus, por ejemplo) de que bajo ciertas circunstancias, una política pública enfocada a reforzar principios morales, puede ser tan eficaz, en términos de obediencia, como una política pública que crea incentivos positivos.

Así pues, es cierto que los incentivos perversos corrompen a la gente. Pero también es cierto que el comportamiento honesto no siempre se explica por la ausencia de esos incentivos; hay algo cultural o moral, si se quiere, que también incide en la obediencia. Por eso, el éxito de una institución (el sistema de salud, por ejemplo) depende no solo de un diseño que evite aquellos incentivos, sino también de que esté manejada por gente honesta.

 

 

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