Incertidumbre y retorno a los instintos

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Vivimos la estación de la incertidumbre. Si la vida en general es una hilera de incertidumbres, la cuarentena es su paradero principal. Desde el Siglo de las Luces se creyó que la inteligencia humana era capaz de derrotar la negrura del presente y del porvenir. Falsedad de falsedades.

En 1927 el joven físico alemán Werner Heisenberg escarbaba en su microscopio el mundo subatómico. Observó varias cosas. Cada partícula lleva asociada una onda. En consecuencia es imposible conocer simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula, por lo tanto su trayectoria. A mayor exactitud de este conocimiento hay mayor error.

Cinco años más tarde ganó el Nobel de Física por la creación de la mecánica cuántica. La llamada Relación de Indeterminación o Principio de Incertidumbre, que llevó su nombre, abrió el camino de la filosofía indeterminista. Esta plantea que observar es modificar, el ojo que mira transforma el objeto y por tanto no lo conoce a cabalidad.

Ya Heisenberg cuando anunció su descubrimiento había aclarado que la indeterminación es propiedad fundamental, derivada de la dualidad partícula-onda, e independiente de que alguien la esté observando o no: “En la formulación fuerte de la ley casual ‘Si conocemos exactamente el presente, podemos predecir el futuro’, no es la conclusión, sino más bien la premisa la que es falsa. No podemos conocer, por cuestiones de principio, el presente en todos sus detalles”.

Las finanzas también se estremecieron con la incertidumbre. En el XX, Mises y Hayek, de la Escuela Austríaca de Economía, trazaron una crítica al socialismo y la economía planificada. Hayek, Nobel en 1974, postuló que el mercado libre fija precios e intercambios en un orden espontáneo. De esas ideas se valió el dúo Thatcher-Reagan, para modelar la catástrofe neoliberal de hoy.

En abril pasado fue el economista colombiano Jorge Iván González quien trajo a cuento a los austríacos, en el ciclo virtual El virus del alma, de Disoñadores del Futuro. Afirmó que “el origen del totalitarismo está en las pretensiones de prever el futuro. La incertidumbre indica que nadie sabe lo que pasará mañana. Que cada uno haga lo que le guste, lo mejor que pueda. El orden espontáneo de los seres humanos, la interacción de millones de personas, genera dinámicas que algo están construyendo”.

Física, filosofía, economía, y ahora la pandemia, están signadas por la perplejidad. Hacen del mundo un quebradero de cabeza. Arrodillan a los científicos, desacreditan a los sabios. Ponen de moda el poco más o menos, el tan pronto digo esto digo lo contrario, la pisca de sal. La Chilindrina y Cantinflas hablan a coro en su dialecto a lengua ligera.

La incertidumbre propicia el retorno de los instintos, ese seso de abuela ciega que de tanto vivir lo sabe todo pero no asegura nada. Las mayorías populares, que no han pasado por una educación donde cortan las alas, se despabilan en un día a día de obediencias y artimañas. Agachan la cabeza y en seguida se pasan por la faja los protocolos, eso sí, sin dar papaya ante la policía.

arturoguerreror@gmail.com

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