Por: Gonzalo Silva Rivas

Incidentes y accidentes

La seguridad aérea es un asunto espinoso al que pocas bolas le para el Estado. En 2008 durante un foro aeronáutico sobre el tema surgió un rosario de alertas para solucionar, prevenir y evitar desastres y hasta la fecha no se le ha hincado el diente como debe ser.

Ahora el Ministerio de Transporte acaba de firmar, por fin, el decreto que autoriza la creación provisional de cargos técnicos en la planta de personal de la Aerocivil, con los que se intenta reducir la brecha en materia de personal aeronáutico especializado, situación que desde hace años tiene al país a las puertas de un potencial riesgo aéreo.

Son 38 controladores de tránsito, 25 bomberos, doce auxiliares, once controladores auxiliares y cinco inspectores de seguridad, que reforzarán áreas vitales en los principales aeropuertos del país, un remedio insuficiente ante la magnitud de las necesidades de una entidad que cuenta con más de 60 terminales bajo control aéreo.

Sorprende que la norma, firmada también por Minhacienda y Función Pública, salga diez meses después de su anuncio como prioritaria por el presidente Santos en diciembre, en el marco de la emergencia económica, social y ecológica originada por la crisis invernal de 2010 que destruyó importantes tramos viales y que junto con el incremento de las actividades aéreas prendió las alarmas sobre la seguridad en el aire.

Diez meses de retardo en la aplicación de una medida de excepcional urgencia -más el tiempo que tomará la Aerocivil para seleccionar y hacer nombramientos- muestra la radiografía de un Estado paquidérmico, con oficinas públicas que van a la zaga de las realidades. En la nómina de esta entidad técnica tiene mayor la planta administrativa, con asesores y auxiliares sin funciones explicables, que el área técnica de profesionales aeronáuticos, controladores y expertos en mantenimiento y soporte.

Nuestra seguridad aérea es una mezcla explosiva que suma obsolescencia y mal estado de equipos de comunicación, radares y radioayudas; insuficiencia de personal especializado, y cuestionables jornadas de trabajo, junto con agotadores itinerarios de los pilotos comerciales. Pequeñas roscas se han formado entre técnicos operativos que incluso hasta triplican sus turnos laborales de máximo seis horas diarias, poniendo en juego la seguridad por ajustar y mejorar salarios.

Un campo abonado para provocar errores físicos o técnicos que culminen en tragedias, escenario que se vuelve exponencial con el creciente aumento de la oferta aérea. En los últimos años el país no registra accidentes aéreos pero si incidentes que, por suerte, no han detonado.

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