Por: Columnista invitado

¿Incluidas e incluidos?

Por Diana Esther Guzmán *

Los ingeniosos y las ingeniosas del mundo y de la munda parecen haber encontrado en este tipo de frases el chiste fácil de la temporada. Quienes critican el lenguaje incluyente (LI) sin caer en esta ridiculización argumentan que politiza el lenguaje, afectando su economía y eficacia comunicativa, y desvía la atención de las luchas importantes por la igualdad de las mujeres.

Estos argumentos, cada vez más populares, parecen negar que el lenguaje tiene una dimensión política y simbólica y por eso es un espacio importante para buscar transformaciones culturales. Como han señalado varios autores, como el influyente sociólogo Bourdieu, al permitirnos la comunicación, el lenguaje genera significados sociales y reproduce relaciones de poder.

Por eso, incluso si las actuales reivindicaciones por un LI no existieran, la economía del lenguaje no sería el único principio que orienta nuestra comunicación. Muchos movimientos sociales le apuestan a cambiar el lenguaje como un mecanismo para lograr la igualdad. En Estados Unidos, por ejemplo, quienes luchan contra la discriminación racial han abogado porque dejen de utilizarse palabras con las que se negaba a los esclavos su condición de personas, como “negro”. Nadie negaría que esta politización del lenguaje es legítima y contribuye a cambiar algunos de los presupuestos que han permitido la discriminación racial.

Los feminismos que reivindican el LI hacen algo similar: utilizan la dimensión política del lenguaje para cambiar imaginarios culturales que reproducen la exclusión femenina. Cuando Bachelet se denominó presidenta de Chile contribuyó a que nuevas generaciones no solo piensen en hombres cuando utilizan palabras que designan posiciones de poder. Por supuesto, ninguna agenda feminista se agota con la lucha por el LI. Este es un componente de una agenda más amplia de transformación social. Ningún feminismo olvida que hay otros frentes de lucha, como tampoco olvidan que la forma como se nombra la realidad ayuda a construirla y reproducirla.

¿Por qué no reconocer que este es un debate no resuelto (también en sociedades igualitarias) en el que además de la economía del lenguaje hay otros principios en juego, como la inclusión? Así, podríamos aceptar que hay una tensión entre estos principios y encontrar fórmulas para resolverla. Podríamos discutir, por ejemplo, las múltiples formas de inclusión que han propuesto quienes defienden el LI, como utilizar sustantivos genéricos en lugar de seguir suponiendo que los sustantivos masculinos representan también a las mujeres porque un grupo de hombres con poder decidió que esa era la convención en español.

Entonces, quienes se han dedicado a ridiculizar el LI podrían concentrarse en una conversación más productiva, que tome en serio a quienes desde la exclusión política-histórica siguen luchando por el reconocimiento. Podríamos, por ejemplo, encontrar formulas que no reproduzcan una perspectiva binaria de la sociedad. Podríamos incluso encontrar fórmulas innovadoras que sean estéticas, efectivas e incluyentes.

Para que esta conversación sea posible hay que tomarse en serio la dimensión política del lenguaje y no temerle a su transformación. Un buen reto de final de año para nuestra sociedad y en especial para quienes se dedican a la literatura y a la lingüística sería discutir seriamente fórmulas de inclusión y sus implicaciones, empezando por las propuestas existentes. El aporte de quienes acepten el reto sería lograr inclusión simbólica, la cual es clave para cambiar, a mediano y largo plazo, imaginarios culturales que mantienen la discriminación.

Posdata: Gracias a Mauricio García por cederme este espacio para debatir con él.

* Profesora de la Universidad Nacional de Colombia e investigadora asociada en Dejusticia.

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