Por: Columnista invitado

Incoherencia en la lucha contra el tabaco y drogas

Aunque la mayoría de nosotros nos sentimos indignados de ver los estragos físicos y sicosociales de las adicciones y, por supuesto, el drama mundial que gira alrededor del tráfico ilegal de algunas de estas sustancias, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre la responsabilidad personal ante dicho fenómeno.

Sin pretender profundizar en definiciones o detalles científicos sobre las sustancias adictivas, podemos aclarar que se trata de químicos provenientes de la naturaleza, algunas sintetizadas o modificadas artificialmente, que tienen efectos diversos sobre el sistema nervioso, los cuales son percibidos por la gran mayoría de seres humanos como agradables y placenteros.

Las drogas son capaces de estimular el cerebro aumentando la concentración y el rendimiento mental, reduciendo la fatiga o induciendo sensaciones de bienestar o relajación. ¿Quién no se siente cautivado por tales efectos? El ser humano ha utilizado y disfrutado el alcohol, el tabaco, los derivados del opio, la marihuana y muchas de estas sustancias por miles de años con consecuencias devastadoras para muchas culturas.

Lo interesante del fenómeno en nuestra sociedad es que hemos aceptado convivir tranquilamente y con todo el respaldo legal con tóxicos mortales como el cigarrillo (el más adictivo y tóxico que conocemos), mientras perseguimos y matamos colombianos que siembran y comercian con una hoja que se vende bien. Al menos en este último caso, los ingresos se reparten con cierta equidad en la cadena de distribución y no llegan directamente a los cuarteles de las grandes tabacaleras con el beneplácito de autoridades comerciales y financieras en todo el mundo.

Mientras nuestros gobiernos aceptan incrementar históricamente el área sembrada de tabaco en miles de hectáreas, con la quizás inocente pero muy errada expectativa de mejorar la situación socioeconómica de los campesinos productores, se gastan millones de dólares en las enfermedades causadas por el tabaco y en la hipócrita lucha contra el narcotráfico.

Pero no vayamos tan lejos, mientras en los colegios y universidades, empresas públicas y privadas, nos deleitamos con las noticias sobre el último golpe al narcotráfico y nos indignamos por la creatividad de algunos latinos para hacer llegar el producto a sus fieles consumidores en Estados Unidos y Europa, encendemos sin el menor cargo de conciencia un cigarrillo rico en nicotina y más de 400 tóxicos mortales delante de nuestros niños y jóvenes para que aprendan con el ejemplo la realidad incoherente de nuestras vidas y valores.

Más preocupante aun, diariamente nuestros padres y madres de familia, nuestros educadores y médicos discuten emotivamente y frente a sus hijos, estudiantes y pacientes lo grave y peligroso de la cocaína y la marihuana, mientras disfrutan de sus dosis personales de alcohol en todas sus formas y de un delicioso cigarrillo para aliviar el “estrés” de tan coherente discusión.

John Duperly **Especialista en Medicina Interna y Doctorado en Medicina del Deporte.
 

 

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