Por: Mauricio Rubio

Incongruencias LGBT

A pesar de haber nacido hombres y conservar sus características masculinas básicas, las mujeres trans pretenden asemejarse a quienes siempre lo fueron.

En las cárceles femeninas acosan sexualmente; cual pandilleros, matonean a supuestas congéneres; imaginan que les llega la regla, sueñan con un embarazo y al tener sexo entre ellas se declaran lesbianas. Semejantes alucinaciones indignan a feministas nacidas mujeres que ahora son etiquetadas TERF (Trans Exclusionary Radical Feminist) por el activsimo trans. El rifirrafe está candente, y va para largo. El Comité Olímpico Internacional, la sexología, cualquier disciplina biológica o médica les daría la razón a las féminas naturales; incluso el mercadeo lleva a la misma conclusión: LGBT es una ficción. L, G y T son mundos aparte.   

“En los ochentas hubo siete bares de lesbianas. Uno a uno han ido cerrando”, anota una ejecutiva de San Francisco, California. Algunos lo intentaron, pero pretender una clientela uniforme ya no es factible. Entretanto, en la misma ciudad, los bares gais funcionan a tope.

También en California, una diferencia crucial entre parejas homosexuales es que el 32% de lesbianas tienen hijos, mientras para gais el porcentaje es casi la quinta parte. No abunda información sobre mujeres trans pero la cifra debe ser aún menor. La prostitución T alcanza máximos históricos en el mundo. Una representante, Yvonne, tras seis años viviendo con Fabián, antiguo cliente, anota: “uy, a mí no me gustan los niños, eso para mí no es”.

“Las parejas de lesbianas son menos urbanas que sus contrapartes gais, que tienden a localizarse en áreas con mayor concentración de personas en su misma  situación” señala el Gay and Lesbian Atlas.  Mientras que el estado norteamericano con más densidad de parejas gais es California, para las lesbianas el sitio preferido es el bucólico Vermont. El Valle de las Muñecas, idílico paraje sabanero, es un equivalente femenino de Chapinero Alto, barrio gay bogotano. Muchas mujeres trans están aún más concentradas, en hoteles de la zona roja.

El único negocio para lesbianas que ha sobrevivido en San Francisco es Olivia, una agencia de viajes que ofrece cruceros.  “La compañía, con música y viajes, reunió mujeres que de otra manera nunca se habrían conocido” dice orgullosa su presidenta, tal vez TERF. Al entablar una relación, el viaje en barco por varios días es para una lesbiana equivalente a pasar un rato por un bar gay. Un crucero sería el “cruising” a otro ritmo.

Las agencias de publicidad sospechan que el nicho LGBT es fundamentalmente G. La editora de Curve Magazine, una de las escasas revistas lesbianas, pidió que dejaran de pautar con fotos de parejas de hombres, supuesto equivalente de las lesbianas en las revistas masculinas. On our backs, publicación adulta  lanzada en medio de la “guerra del sexo” entre dos vertientes del feminismo, desapareció en papel en el 2006 para volverse sitio virtual de encuentros. El comentario de una lectora en Amazon sobre una recopilación de sus relatos eróticos es diciente: “las historias se interrumpían apenas empezaba lo bueno. Lo erótico no tiene por qué ser pornográfico, pero ¡al menos finalicen las escenas de sexo!”, una objeción inaplicable al porno T.

El problema para un mercado lésbico focalizado se deriva de cómo definen ellas su sexualidad y determinan su comunidad. Las encuestas en EE.UU. muestran sistemáticamente que son más numerosas quienes se identifican como bisexuales que como lesbianas. Otras simplemente rechazan cualquier rótulo y se consideran primordialmente mujeres, actitud a años luz de las trans que proclaman y exhiben a los cuatro vientos su nueva identidad.

En 2002, Mónica, dueña del Bar Dos Lunas, sólo tenía conocimiento de otros dos bares bogotanos de lesbianas. Todos habían fracasado, como en California. Guillermo de la Torre opina que ellas “tienden más al gueto. Son menos sociables, menos identificables”. Admite que él no frecuenta bares pues está emparejado y “son más para levantes”. Édison Ramirez, zar de la vida nocturna gay estima que había “entre bares, cafés y discotecas, unos 65 sitios”. Eso sin contar que “Bogotá pasó de tener dos saunas, a tener trece: más que Nueva York”. Ante esta proliferación de sitios gais, “de lesbianas creo que sólo hay dos o tres, no más”. Confirma las dificultades para atender esa clientela: “el hombre gay es muy físico; ellas son más sentimentales; en ellas no predomina la fuerza de la atracción física”. Un poco la antítesis de las mujeres T.

Volviendo a las TERF, sería interesante saber qué proporción de lesbianas, o de mujeres, se identifican con una trans. Como la empatía requiere algo de similitud, conjeturo que ese porcentaje es bien bajo, una hipótesis que el activismo LGBT no aceptará contrastar. Pero la artificial y precaria alianza comienza a hacer agua por las grietas de la incoherencia.  

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