Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Indecisiones

Esta pesada semana estuvo tan saturada de eventos que no pude decidir sobre qué escribir. Hubiera podido centrarme en el brutal asesinato de un líder social por parte del Eln, un episodio que me escandalizó. Pero también me provocaba hablar de líderes desde otro punto de vista: el empecinamiento del Gobierno en negar que el fenómeno es sistemático, lo cual bloquea la vía para adelantar cualquier política pública razonable contra el fenómeno. A propósito: por ahí un alto funcionario circuló la versión de que la matazón se debe a problemas personales. Aunque a mucha gente, incluidos los propios líderes, le dio mucha rabia —y no la culpo— a mí el comentario me alegró. Pues me recordó inmediatamente a uno de mis escritores predilectos, el siciliano Leonardo Sciascia. La especialidad de Sciascia fueron novelas de detectives inconclusas, inspiradas en dinámicas de poder reales, en las que terminaban participando inevitablemente los políticos y los mafiosos. Cada vez que alguien “moría misteriosamente” de manera inevitable la versión oficial/oficiosa de autoridades regionales, líderes partidistas, mafiosos, altos poderes judiciales y algunos periodistas era que el crimen había tenido un origen pasional. Al final de esta columna pongo la referencia de la que acaso sea su mejor trama, centrada precisamente alrededor de ese motivo. Me pregunto en qué medida pueda avanzar la causa de una “paz estable y duradera” una explicación estilo don Corleone de una tragedia que se desarrolla ante nuestros ojos.

Pero también quería referirme a las atrocidades del terrorismo como método de expresión política, a propósito del atentado de Nueva York. Aunque ya muchos saben, no sobra repetirlo: el terrorismo mata sobre todo a gente vulnerable. Claro, eso no quiere decir que si golpeara a otros blancos entonces resultaría aceptable. Pero asesinar a cinco turistas argentinos en nombre de una gloriosa lucha religiosa contra los poderes mundiales es grotesco.

¿Y por qué no referirme más bien al saboteo permanente de Néstor Humberto Martínez a la paz? Afortunadamente el vecino Andrés Hoyos escribió ya una columna estupenda, “El campesino malo”, que revela lo estúpido y perverso que es criminalizar a los cultivadores de coca. Además, con base en patrañas mal armadas, lanzadas como globos de prueba para crear escándalos sucesivos que dejan efectos irreparables. Otro motivo de risa: ver a Martínez en el foro que organizaron varios medios de comunicación sobre noticias falsas, dando con total seriedad declaraciones acerca de cómo luchar contra ellas. ¡Pero si Martínez es uno de los principales expertos en embustes en este país que descubrió la posverdad, la preverdad, la semiverdad y la pluscuanverdad antes de que Trump hubiera nacido! Martínez más bien debería explicarnos por qué circula insidias seriales sin sustentarlas después nunca, y por qué escogió a Gustavo Moreno como su flamante fiscal anticorrupción. Igual está invitado al próximo foro sobre “Cómo nombrar funcionarios probos en los cargos adecuados”.

Muchas más cosas se me quedan en el tintero (episodio del Paisa, histeria uribista…). Y también, por qué no, me hubiera podido dedicar a deplorar mis tragedias personales. Nunca lo hago; pero tampoco nunca es tarde para comenzar. Una alternativa a la crisis de abundancia… Por ejemplo, soy, por obligación, usuario de Codensa, que presta un servicio perfectamente infame. Los apagones en mi apartamento son cosa de rutina, a costa de todos los aparatos, incluyendo el computador, y del estado de ánimo. Esta gente debería estar fuera del juego y/o haber sido multada significativamente hace rato. Pero evidentemente no la regulan. Por eso su desvergüenza. La privatización a veces funciona, pero sólo a condición de que haya regulación seria. Cuando esta está ausente, el resultado son apagones —o su sinónimo, Codensa—.

Al final no me pude decidir por nada. Pero ya por entonces tenía terminada la columna, y cuando volvió la luz, después de tres horas, pude mandarla…

Leonardo Sciascia (1973): Il giorno de la civetta. Einaudi: Torino.

 

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