Por: Álvaro Restrepo

Independencia, libertad, interdependencia

La relectura, en este año de aniversarios patrios, de la que considero la mejor novela de Gabo, El general en su laberinto (1989) —¡otro aniversario!—, me ha llevado a crear una reflexión escénica sobre las nociones de independencia, libertad, interdependencia y sobre la naturaleza de la proverbial ingratitud colombiana, considerada como una de las bellas artes, parafraseando a Thomas de Quincey.

En una obra maestra de menos de 300 páginas, Gabo logra internarnos en el laberinto infinito de la soledad del Libertador, la soledad del poder, su tema predilecto por excelencia. Tomando como punto de partida el también magistral relato El último rostro (1979), de su amigo y cómplice Álvaro Mutis, los dos escritores nos presentan al héroe invencible enfermo, desilusionado y traicionado, y su batalla final contra la muerte: la que todos perdemos.

He llegado a la conclusión, luego de estar durante muchos meses deambulando en el laberinto —obsesionado con “el horror de este libro”—, de que muchas de las sentencias lapidarias que Gabo le atribuye al general corresponden a su propia desilusión y desolación, en medio de la soledad de la fama y el poder que su escritura de oro le granjeó. No creo que sea una locura afirmar que El general... es una de las novelas más íntimamente autobiográficas de nuestro nobel. No en el campo de la anécdota o del hecho histórico, sino en el del estado del alma y del cuerpo. Pues esta obra es, sin duda, la gran novela del cuerpo de García Márquez, así como La montaña mágica es la gran novela del cuerpo-tiempo de otro premio nobel: Thomas Mann. La enfermedad y los estragos del tiempo en el cuerpo del héroe que ve cómo su vida se le va desprendiendo poco a poco de los huesos, los tejidos, la carne, el alma... hasta quedar finalmente “(...) su cuerpo sin él”.

El desmoronamiento de la gran utopía bolivariana, la Gran Colombia —desmembrada y enferma, como él mismo—, va minando sus fuerzas hasta reducirlo a un cuerpo casi de niño, envejecido prematuramente. La puñalada trapera, la estocada final: el asesinato de Sucre, su más amado amigo y a quien él consideraba como su sucesor, es la infamia que precipita su muerte en medio de la amargura y la desilusión.

John Lynch, uno de los más importantes biógrafos de Bolívar, afirma que, paradójicamente, el Libertador nos dio la independencia, pero no la libertad. “Ya tenemos la independencia... y ahora ¿qué hacemos con ella?”, le pregunta un soldado al general. En la novela, Sucre le dice a Bolívar: “Parece que hemos sembrado tan hondo el ideal de la independencia, que estos pueblos están tratando ahora de independizarse los unos de los otros”. A lo que el Libertador responde pidiéndole que no repita las “canalladas (certeras) del enemigo”.

Independientes sí, de los españoles... pero ¿libres? Herederos somos de la violencia sin parangón de la Conquista genocida y de la violencia infinita también de las guerras de independencia. Guerra y violencia, sin duda, son sinónimos inevitables, pero es un hecho que en el alma colombiana quedaron enquistadas para siempre la atrocidad y la sevicia, así como los prejuicios heredados de quienes nos humillaron y que se perpetuaron en los nuevos detentadores del poder. Nos independizaron, pero no nos liberaron de las secuelas y de las rémoras del desprecio colonial: criollos, indios, negros, mestizos, pardos, zambos, cuarterones... ¡pobres! El menosprecio como idem sentire, el odio como idiosincrasia, el egoísmo como regla social. “Todas las ideas que se les ocurren a los colombianos son para dividir”, le dice Bolívar a uno de sus amanuenses: “Esperen a que yo tenga tres cargas de tierra encima para que hagan lo que les dé la gana”.

Del mismo modo como en un cuerpo todos los órganos deben estar en paz para garantizar la salud, algún día tendremos que librar los colombianos (y los terrícolas) la guerra por la interdependencia: la corresponsabilidad, la generosidad, la solidaridad, la compasión...

El sacrificio de Bolívar, quien se calificaba a sí mismo como uno de los tres más grandes majaderos de la humanidad, junto a Jesucristo y el Quijote, no debe ser en vano: su sed de gloria no era solo un delirio ególatra. El poder del amor también fue su combustible: “El gran poder existe en la fuerza irresistible del amor”, nos dice Gabo en boca de Bolívar. Y es precisamente esto lo único que aún puede salvarnos como nación... y como especie.

876099

2019-08-15T00:00:54-05:00

column

2019-08-15T00:15:01-05:00

[email protected]

none

Independencia, libertad, interdependencia

41

4690

4731

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Álvaro Restrepo

“Odiombia”

Salto al vacío / salto al pasado...

Respuesta a Clemencia Vargas